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Por Jorge Sotero
Cienfuegos.- El balance “positivo” que presenta Yanet González Lazo, directora de Comercio Exterior, Inversión Extranjera y Cooperación Internacional en Cienfuegos, sobre los resultados exportadores de Cienfuegos en 2025 suena bonito en el papel, pero en la práctica huele más a parte triunfal que a radiografía real de la economía territorial.
Un plan cumplido al 127,9 % y 154,8 millones de pesos en moneda nacional pueden impresionar a cualquiera que no viva en Cuba o que no se pregunte cuánto de eso se traduce en bienestar tangible para la población. Porque una cosa es inflar cifras en informes y otra muy distinta es que esas exportaciones impacten en los anaqueles, en los salarios o en la vida cotidiana de los cienfuegueros.
La insistencia en la incorporación de ocho nuevos productos a la cartera exportadora también merece una lectura más crítica. ¿Cuántos de esos productos tienen estabilidad productiva real y cuántos dependen de coyunturas, improvisaciones o voluntarismo institucional? La diversificación, tan repetida en el discurso oficial, no puede medirse solo por la cantidad de renglones que se suman a una lista, sino por su sostenibilidad, su competitividad y su capacidad de generar encadenamientos productivos duraderos. De lo contrario, estamos ante fuegos artificiales económicos: brillan un instante y luego desaparecen.
La exaltación del papel de las ferias, Exposur y la Feria Internacional de La Habana, responde a una lógica ya conocida: vender la vitrina como si fuera la tienda. Es cierto que los acuerdos firmados —185 en total— suenan alentadores, pero el dato clave es cuántos de esos compromisos se traducen en exportaciones sistemáticas, pagos efectivos y relaciones comerciales estables. Que 32 acuerdos estén “en proceso” es una fórmula cómoda, demasiado usada en el lenguaje burocrático, para esconder la incertidumbre y el estancamiento que caracteriza a muchos de estos convenios.
La apertura de exportaciones a través del Aeropuerto Internacional Jaime González y el interés de Guyana por el puerto cienfueguero se presentan como hitos estratégicos, pero llegan tarde y con cautela. Durante años, la centralización y la ineficiencia logística han sido un lastre reconocido, aunque nunca asumido del todo. Celebrar ahora lo que debió hacerse hace décadas es, cuando menos, un ejercicio de amnesia institucional. Además, hablar de posibles concreciones “a inicios de 2026” vuelve a colocar los resultados en un futuro que nunca termina de llegar.
Finalmente, la cooperación internacional y los proyectos financiados con apoyo francés se exhiben como prueba de dinamismo y gestión exitosa. Sin embargo, resulta legítimo preguntarse por qué estos proyectos sociales y productivos dependen, una vez más, del auxilio externo y no de una economía nacional funcional.
El verdadero termómetro del desarrollo no está en los discursos ni en los balances optimistas, sino en la capacidad del territorio para sostenerse sin muletas, para producir con eficiencia y para que ese supuesto dinamismo exportador deje de ser una consigna y se convierta, de una vez, en realidad palpable.