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El alcalde y el cubano: Choque entre memoria y necedad

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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)

Houston.- Lo ocurrido no es solo un incidente aislado: es el retrato nítido de un choque entre la dignidad y la necedad. De un lado, un cubano que no ha olvidado; del otro, un alcalde que parece haber decidido prescindir del pensamiento.

Porque, seamos serios —aunque cueste—, hay que hacer un esfuerzo casi heroico de ignorancia para autodefinirse hoy como “ferviente castrista”. No estamos en 1960, ni en medio de la propaganda romántica de la Guerra Fría. Estamos en pleno siglo XXI, con suficiente evidencia histórica acumulada como para llenar bibliotecas enteras. Y aun así, aparece este señor, Ángel García Seoane, alcalde de Oleiros, proclamando su devoción como si acabara de descubrir una moda intelectual.

Su despacho, por lo visto, no es una oficina pública sino una especie de santuario ideológico: retratos del Che, de Fidel, y de todo icono comunista que haya pasado por la historia, como si la acumulación de imágenes pudiera sustituir la ausencia de criterio. Más que un espacio de gestión municipal, parece un museo de nostalgias fallidas.

No se puede romantizar el tema Cuba

Pero lo verdaderamente interesante —y aquí entra el matiz humano— es la reacción del cubano. Sin rodeos, sin retórica vacía, sin cálculo político: le dijo a la cara lo que millones piensan y muchos callan. Fue una expresión cruda, directa, visceral. Y sí, cargada de indignación legítima. Porque quien ha vivido o conoce de cerca la tragedia cubana, no tiene el lujo de romantizarla.

La escena revela algo profundo: hay quienes juegan con las ideas desde la comodidad, y hay quienes las han padecido en carne propia. El primero puede permitirse el delirio; el segundo, no.

Para completar el cuadro, aparece la figura de la periodista Marxlenin Pérez Valle —nombre que ya parece una declaración ideológica en sí mismo—, quien, fiel a su línea, opta por descalificar al cubano. Nada nuevo bajo el sol: cuando faltan argumentos, se recurre a la descalificación moral del que denuncia.

El sonrojo de ser castrista

Y aquí es donde el episodio roza lo grotesco. El alcalde, en uno de sus desvaríos, llega a calificar a Cristo de “comunista”. Ya no se trata solo de ignorancia histórica, sino de una confusión conceptual tan profunda que convierte el discurso en caricatura.

Por eso, introducir un poco de humor no es solo oportuno, sino necesario. Porque hay situaciones que, si no se miran con ironía, resultan simplemente insoportables.

¿Qué clase de personaje puede, a estas alturas, proclamarse castrista sin sonrojarse? Es como declararse defensor del fracaso, admirador de la ruina, o promotor del desastre con entusiasmo pedagógico. Es, en esencia, un acto de fe… pero en el error.

La respuesta es sencilla: alguien que no ha leído, o que ha leído mal; alguien que confunde propaganda con historia; alguien que cree que las consignas sustituyen a los hechos.

Nada, que la insensatez sigue siendo el ingrediente principal de estos devotos de una causa que la propia realidad ha desmontado, pieza por pieza.

Y sin embargo, en medio de este teatro, queda una certeza: la verdad, dicha sin adornos, sigue teniendo un peso que ninguna consigna puede borrar.

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