Enter your email address below and subscribe to our newsletter

Carlos Alberto Montaner: La decencia como forma de coraje

Comparte esta noticia

Por Jorge L. León (Historiador e investigador)

Houston.- Hay hombres que hacen historia sin necesidad de estridencias. No empuñan el grito ni la consigna fácil; no se imponen por la furia ni por el resentimiento. Carlos Alberto Montaner pertenece a esa estirpe cada vez más rara y necesaria: la de los intelectuales que entendieron la decencia como una forma superior de valentía y la libertad como una responsabilidad moral.

Montaner fue, ante todo, un hombre libre. Libre para pensar, para disentir, para explicar. En una época dominada por el fanatismo ideológico y la simplificación brutal de la política, eligió siempre el camino más difícil: el de la razón, el argumento y la pedagogía cívica. Nunca levantó la voz, porque no lo necesitaba. Su autoridad provenía de la coherencia, de la cultura y de una ética personal irreprochable.

Su ruptura temprana con el castrismo no fue oportunista ni coyuntural. Fue el resultado de una comprensión lúcida del totalitarismo como sistema de dominación y envilecimiento humano. Pagó el precio del exilio, pero jamás convirtió el destierro en amargura. Desde fuera de Cuba —sin renunciar nunca a ella— construyó una de las obras intelectuales más sólidas y constantes del pensamiento democrático en lengua española.

Ensayista claro y didáctico, novelista inteligente, articulista infatigable, Montaner dedicó su vida a explicar la libertad. Desmontó los mitos del comunismo no desde el insulto ni la consigna, sino desde la historia, la economía, la experiencia comparada y, sobre todo, desde la observación del daño moral que produce el poder absoluto. Su anticomunismo no fue visceral; fue racional, ético y profundamente humano.

La huella

Hay, sin embargo, un Montaner menos citado y quizá más admirable: el humanista. El polemista incapaz de la bajeza personal. El adversario respetuoso. El intelectual que entendía que la democracia no solo se defiende en las instituciones, sino también en el modo en que se dialoga, se discrepa y se trata al otro. En tiempos de odio y polarización, su estilo fue una lección silenciosa.

Amó a Cuba sin idealizarla y sin convertirla en consigna. La pensó, la analizó y la sufrió. Y precisamente por ese amor profundo condenó al castrismo con firmeza inquebrantable. No por rencor, sino por justicia. No por revancha, sino por lealtad a la verdad histórica y al sufrimiento de millones de cubanos.

Cuando la enfermedad fue avanzando de manera cruel e irreversible, Montaner enfrentó también ese tramo final con la misma honestidad que marcó su vida. Habló sin eufemismos del deterioro, de la pérdida de autonomía, del dolor. Y defendió el derecho a decidir el final cuando la existencia deja de ser vida y se transforma en pura agonía. No fue un gesto de desesperación, sino de dignidad consciente, coherente con su visión liberal del ser humano y su rechazo a toda imposición, incluso en el último acto.

Carlos Alberto Montaner se fue como vivió: sin ruido, sin odio, sin traicionarse. Deja una huella profunda en el pensamiento democrático iberoamericano y un legado moral que trasciende coyunturas políticas.

Cuando Cuba vuelva a mirarse sin miedo —porque ese día llegará— su nombre estará entre los que ayudaron a pensarla libre, plural y decente. Y será recordado como lo que fue: un cubano ilustre que convirtió la decencia en una forma de coraje y la libertad en una vocación de vida.

Deja un comentario