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Canel reconoce el colapso

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Por Luis Alberto Ramírez

Miami.- Cuando el propio designado presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, admite públicamente que la economía del país sufrió un decrecimiento superior al cuatro por ciento, no estamos ante una simple estadística coyuntural ni ante un mal año económico. Estamos, en realidad, frente al reconocimiento tácito de un colapso. Dicho “a vuelo de pájaro”, como suelen presentar las cifras oficiales, el dato puede parecer grave; pero si se analiza en profundidad, la realidad apunta a una crisis mucho más profunda y estructural, de esas que el poder solo reconoce cuando ya no puede ocultarlas.

En un sistema donde la propaganda ha sido durante décadas el principal instrumento de gobierno, admitir un retroceso de tal magnitud equivale a confesar que la economía cubana está al borde del abismo. Y lo más inquietante es que esta admisión ocurre en un momento en que Cuba aún cuenta con el respaldo del régimen venezolano, que le suministra el crudo necesario para sostener, con dificultad, su ya precaria matriz energética. La pregunta resulta inevitable: ¿qué ocurrirá el día en que Nicolás Maduro pierda el poder o decida cortar ese apoyo? El escenario, sin ese salvavidas externo, sería simplemente catastrófico.

Como en cada crisis, y en Cuba las crisis no son la excepción, sino la norma, Díaz-Canel vuelve a apelar al discurso gastado de la “resistencia” y a la fe ciega en la revolución. Sin embargo, esa retórica ha perdido toda capacidad de movilizar esperanzas reales. La resistencia no llena los mercados vacíos, no enciende los apagones interminables ni detiene la inflación galopante que devora los salarios. Mucho menos puede sostenerse cuando el sacrificio siempre recae sobre el mismo sector: el pueblo.

El propio gobernante reconoció que la inflación se ha disparado, que los precios se han vuelto inalcanzables, que la crisis energética no tiene solución a corto plazo y que la economía permanece parcialmente paralizada. A ello se suma el incumplimiento sistemático en la entrega de los productos de la canasta normada, así como el fracaso de las producciones agropecuarias, alimentarias y de la industria básica para satisfacer las necesidades mínimas de la población, y esto no lo digo yo, lo dijo Canel, así que no me pueden acusar de propaganda enemiga. Ante semejante panorama, recuperando el tema: cabe preguntarse con toda seriedad: ¿qué país puede sobrevivir indefinidamente bajo estos augurios?

La respuesta parece estar más en la psicología social que en la economía. Cuba sobrevive no por la eficacia de su sistema, sino por la capacidad de resistencia de los cubanos, una resistencia forzada, nacida del miedo. Miedo al castigo, a la represión, a perder incluso lo poco que se tiene, como al que le faltaban las manos y los pies y le querían quitar la patineta. Un miedo que paraliza más que el hambre, y que ha sido cuidadosamente cultivado por un poder que, mientras exige sacrificios, vive ajeno a las penurias cotidianas.

La crisis cubana no es accidental ni pasajera; es la consecuencia directa de un modelo agotado, incapaz de generar prosperidad y dependiente de subsidios externos para mantenerse en pie.

Cuando el propio gobierno admite el desastre, que están arando en el mar, es porque la realidad está de “fuma y déjame el cabo” ya desbordó cualquier intento de maquillaje. Lo que queda por ver no es si habrá más crisis, porque las habrá, sino cuánto tiempo más podrá sostenerse un país condenado a resistir eternamente, sin horizonte ni esperanzas.

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