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Por Jorge L. León (Historiador e Investigador)
Houston.- Nada en una dictadura ocurre por azar. Cada acto público, cada ceremonia improvisada, cada discurso inflamado responde a un cálculo frío. La política del régimen cubano se ha convertido en una escenografía permanente donde el drama sustituye a la verdad y la propaganda suplanta a la justicia.
Este teatro montado de prisa, artificial y forzado, también tiene su razón de ser.
Jamás se vio nada semejante cuando más de quince mil cubanos murieron en guerras ajenas, enviados como carne de cañón a conflictos que no eran suyos. Aquellas muertes no merecieron homenajes ni monumentos. Eran cuerpos sin nombre, cifras incómodas, daños colaterales de un negocio vergonzoso: la exportación de sangre cubana a cambio de divisas.
Fueron muertes por dinero. Una peculiar forma de “sobrevivir” de un régimen incapaz de producir pan, medicinas o prosperidad.
Cuando no se produce riqueza, se vende lo único que queda: la vida de sus ciudadanos.
Durante décadas, la satrapía cubana convirtió a miles de jóvenes en soldados de alquiler. Angola, Etiopía, Nicaragua, Venezuela… El mapa del castrismo está marcado por tumbas cubanas en tierras extranjeras. Y sin embargo, nunca hubo luto nacional, ni banderas a media asta, ni palabras de honor. Solo silencio y olvido.
¿Por qué ahora este teatro? ¿Por qué este súbito empeño en convertir mercenarios en héroes?
La pregunta es legítima. La respuesta es clara: el régimen no se siente fuerte. Se siente acorralado. Percibe el cansancio profundo de un pueblo que ya no cree, que ya no aplaude, que ya no se deja engañar. Intenta fabricar sentimientos patrióticos en una nación exhausta, empobrecida y humillada.
Hoy el cubano sabe que la Patria no es un eslogan ni una consigna. La Patria es la mesa vacía. La Patria es la farmacia sin medicamentos, y es el apagón, el exilio, la desesperanza.
Y si la Patria está siendo barrida, no es por enemigos externos, sino por un comunismo incapaz, corrupto y moralmente en bancarrota.
Hay miedo. Mucho miedo. La dictadura ya no controla la economía, ni la calle, ni la conciencia. Solo conserva, por ahora, el monopolio de la represión. Pero el ambiente ha cambiado. Los acontecimientos empujan. La realidad se impone. La información rompe los muros. Y la esperanza, lenta pero firme, vuelve a abrirse paso.
Como escribió José Martí: “La patria es ara y no pedestal; se la sirve, no se la sirve.” No se honra a la patria vendiendo a sus hijos como soldados de alquiler. No se honra a la patria falsificando la historia. y tampoco se honra a la patria convirtiendo la miseria en virtud y la muerte en negocio.
Este teatro no es fortaleza. Es síntoma de debilidad. Es el reflejo de un poder que ya no convence y que solo puede recurrir al engaño.
Cada puesta en escena tiene un propósito. Y esta tiene uno muy claro: ocultar el derrumbe. Pero los pueblos despiertan. Y cuando despiertan, ningún teatro puede detenerlos.