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Por Yeison Derulo
Holguín.- El amor en tiempos de dictadura siempre tiene un matiz extraño. No importa cuántas flores pongan, cuántas fotos publiquen ni cuántos corazones dibujen en pancartas institucionales: cuando el Estado controla hasta la respiración, también termina administrando los besos.
Esta vez le tocó al Recinto Ferial Expoholguín organizar la novena edición de su tradicional boda colectiva. Quince parejas sellaron su unión ante la ley en una ceremonia que, según la narrativa oficial, simboliza compromiso, esperanza y futuro. Todo muy bonito, todo muy “Día del Amor y la Amistad”, todo muy postal. Lo que no dicen —porque nunca lo dicen— es que en Cuba hasta casarse se convierte en un acto supervisado por la misma estructura que te niega libertades elementales.
La boda colectiva crece con el tiempo, repiten. Se consolida como tradición, insisten. Y sí, allí estaban los novios, sonrientes, emocionados, rodeados de familiares y amigos. Nadie puede ni debe criticar el amor de dos personas que deciden compartir su vida. El problema no es ese. El problema es el escenario.
Porque mientras quince parejas formalizan su unión bajo un techo decorado para la ocasión, miles de jóvenes hacen colas infinitas para emigrar, casarse en otro país o simplemente huir de una isla donde formar una familia se ha vuelto un acto de resistencia económica. ¿Cuántos de esos recién casados podrán construir ese “futuro juntos” que prometen los discursos, con apagones de doce horas, salarios pulverizados y una inflación que no cabe en ninguna acta matrimonial?
Después de la ceremonia vino el almuerzo familiar. Ambiente festivo, anécdotas, brindis. Y más tarde, el traslado al Motel Los Tamarindos para iniciar la luna de miel. Todo cuidadosamente organizado. Todo perfectamente encuadrado para la foto. La dictadura es experta en eso: montar escenografías donde la felicidad parece institucional.
Pero la luna de miel dura unos días. La realidad, toda la vida.
Al salir del motel, esas parejas volverán a un país donde comprar una cuna puede convertirse en una misión imposible, donde conseguir leche es una odisea y donde traer un hijo al mundo exige más fe que recursos. Volverán a un sistema que celebra el amor en público mientras asfixia el porvenir en silencio.
No se trata de empañar la alegría de nadie. El amor es sagrado, incluso en medio de la miseria. Lo que resulta insoportable es el cinismo de un régimen que exhibe bodas colectivas como trofeos sociales, mientras obliga a millones a despedirse en aeropuertos, a casarse por papeles en consulados extranjeros o a vivir matrimonios a distancia porque aquí no hay futuro.
En cualquier país libre, una boda es simplemente eso: una boda. En Cuba, bajo esta dictadura anquilosada, hasta el altar tiene sombra política. Y aunque quince parejas hayan dicho “sí, acepto” con el corazón lleno de ilusión, la gran pregunta sigue siendo otra: ¿acepta el régimen garantizarles una vida digna?
La respuesta, tristemente, la conocemos todos.