Por Jorge Sotero ()
La Habana.- Rusia se posiciona de palabra al lado de Cuba. Lo ha hecho siempre. Desde los tiempos soviéticos, cuando el petróleo fluía como la sangre de un imperio, hasta hoy, cuando lo que llega es un barco. Un barco. Después de semanas de crisis, de apagones, de una economía paralizada, Rusia ha enviado un barco a Matanzas. Y está preparando otro.
Pero ahí termina todo. Porque el juego, queridos lectores, es el mismo de siempre: alinearse con La Habana para que el castrismo dé la imagen de fuerza de antaño, para que los enemigos piensen que está «calzado», para que el pueblo, ese pueblo que ya no cree en nada, tenga una migaja de ilusión que llevarse a la boca. Pero no más allá. Porque Rusia no va a arriesgar sus intereses estratégicos en Ucrania por sostener una dictadura que ya no tiene futuro.
Los acuerdos firmados entre empresarios rusos y el régimen cubano fueron, en su momento, motivo de risa. Y no es una exageración. Aquel paquetazo de acuerdos inundó las redes sociales, y muchos cubanos, con esa fe ingenua que aún les queda, ya se veían entrando a tiendas repletas de productos rusos, en una idílica reedición de los minimax del mercado paralelo de los ochenta.
Era la salida perfecta, según el gobierno, a la crisis que ya se avisoraba. Pero un detalle lo estropeó todo. A decir verdad, fueron dos. La operación especial rusa en Ucrania, esa invasión que iba a durar un par de semanas y que ya lleva años, fue una. La segunda, no menos importante, fue la escena circense de la firma de los acuerdos.
Rusia manda un barco y nada más
Los funcionarios de ambas partes hicieron malabares (literal) para firmarlos. Los bolígrafos, de muy mala calidad, posiblemente comprados en Temu, hicieron de las suyas. El mecanismo retráctil, pensado para ser liberado a voluntad, tomó conciencia propia, como la IA de Terminator, y no mantenía la punta fuera ni un segundo.
La firma de los acuerdos se convirtió así en un número circense, al mejor estilo del Circo Soviético con sus memorables payasos. Ay, Popov, te extrañamos ese día. Nunca me había reído tanto por el ridículo de alguien. El Karma tiene sus cosas: ya estaba dando por sentado que aquello no iba a ser serio. Y así fue. La última vez que revisé, no había ni una tienda rusa en la capital de acceso público.
Lo que Rusia ha enviado a Cuba es un barco con 100.000 toneladas de petróleo. Nada más. No hay inversiones, no hay acuerdos comerciales estables, no hay una línea de suministro que garantice el futuro energético de la isla. Hay un barco. Y otro que viene. Y eso es todo. Porque Rusia, que está inmersa en un conflicto prolongado en Ucrania, que enfrenta sanciones económicas, que tiene sus propios problemas de abastecimiento, no va a sacrificar sus intereses estratégicos por mantener a flote una dictadura que ya no tiene nada que ofrecerle.
Cuba es, para Moscú, una ficha en el tablero geopolítico. Una ficha útil para presionar a Estados Unidos, para mostrar que aún tiene influencia en el Caribe, para recordar a Washington que no está solo en el mundo. Pero no más que eso.
Cuba y las limosnas geopolíticas
El gobierno cubano, por su parte, utiliza estos envíos para vender la ilusión de que no está solo. Para decirle al pueblo que Rusia está con ellos, que la alianza histórica sigue vigente, que el «bloqueo energético» de Trump no podrá con la solidaridad internacional.
Pero el pueblo, que ya ha visto demasiadas promesas incumplidas, sabe que esto es humo. Sabe que un barco no va a resolver los apagones de 20 horas diarias. Sabe que dos barcos no van a reactivar la economía. Sabe que, mientras los Castro sigan en el poder, Cuba seguirá siendo un país que depende de limosnas geopolíticas para sobrevivir.
Al final, lo que Rusia hace con Cuba es lo mismo que ha hecho siempre: usarla. Usarla como peón, como símbolo, como un recordatorio de que el mundo no es unipolar. Pero cuando se trata de compromisos reales, de inversiones, de apoyo sostenido, Rusia se echa atrás. Porque Cuba no es prioridad para Moscú. Nunca lo fue. Lo que es prioridad para Rusia es Ucrania.
La prioridad para Rusia es su propia supervivencia económica. Y Cuba, en ese esquema, es un adorno. Un adorno que, cuando ya no sirva para presionar a Washington, será abandonado como se abandona un juguete viejo.
Los cubanos, mientras tanto, seguimos esperando. Esperando que algún barco, alguna promesa, algún acuerdo, termine por cambiar nuestra suerte. Pero la suerte, como sabemos, no cambia con barcos. Cambia cuando los que mandan deciden que ya es suficiente. Y mientras ellos no lo decidan, seguiremos aquí, viendo cómo los bolígrafos no funcionan y los barcos nunca son suficientes. Pero eso sí: riéndonos. Porque la risa, como la esperanza, es lo último que se pierde. Y en Cuba, de risa, tenemos para rato.
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