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Por Eduardo González Rodríguez ()

Santa Clara.- Estoy observando que hay mucha rapidez y eficacia a la hora de detener, interrogar -incluso apresar- a las personas que utilizan las redes sociales para canalizar los efectos, casi irreversibles, de la crisis que atravesamos en Cuba.

Hasta leyes y decretos existen para limitar el acto de habla -o de escritura- de un «alguien» que se atreva a tocar la llaga con el dedo. Creo que por allá, por el oriente cubano, una muchacha muy joven hizo una encuesta y enseguida fueron a visitarla. No sé si está detenida, multada o solo le hicieron un acta de advertencia. Muy rápido todo, muy eficiente todo.

Y claro, la mayoría prefiere hacer silencio porque «te puedes buscar un problema». Yo creo que un país donde uno se puede buscar un problema por decir lo que siente y piensa, está muy jodido. Sobre todo, porque es imposible sentir y pensar con lucidez cuando el mundo está patas arriba: cortes eléctricos, falta de agua, escasez de alimentos de la dura -de la que no esperaba nadie-, problemas serios de transportación, deficiencia en los servicios de salud por falta de insumos y medicamentos básicos, inflación, salarios insuficientes, canasta básica en cero, suciedad por todos lados, y allá, en lo alto de la pirámide, una incertidumbre incapaz de responder un «qué», un «cómo», o un «cuando».

Demagogia

Y es en este ambiente de zozobra, que está de gira en las redes un video donde la periodista Arleen Rodríguez Derivet, como minimizando el impacto de los apagones en Cuba, le comentó a Rafael Correa que José Martí no tuvo electricidad y aún así escribía como los dioses. No voy a decir «es irrespetuoso», o «intentó darle un cariz menor a un fenómeno que está enfermando la salud mental de nuestros compatriotas». Ni siquiera voy a apelar al «pon los pies en la tierra» que quiso decir Correa cuando le respondió sonriendo, «Arleen, es que estamos en el siglo XXI».

Lo que sí quiero decir es que, cuando Martí se alumbraba con una lámpara de aceite en su casita de la calle Paula para meter en una hoja de papel todo el humanismo que le sobraba en el corazón, Francisco Lersundi y Hormaechea, Capitán General de la isla de Cuba, también se alumbraba con lámparas de aceite. Y, desafortunadamente, ese no es su caso.

Igual que se persigue al que critica, debería perseguirse al que justifica, al que disumula con un truco de palabras, al que trata de minimizar una realidad en crisis que le es totalmente ajena. Incluso, es preferible perseguir al segundo y no al primero, porque el primero habla de lo que carece, de lo que sufre, pero el segundo crea con palabras un escenario que ya no existe para mantener, a toda costa, un estándar de vida de burgueses clásicos sin las inversiones y riesgos de un clásico burgués.

Para escribir como Martí, no basta con apagar las luces. La primera, y casi única ley, que puede acercarnos un poco a su espíritu, es ponernos siempre en los zapatos de los pobres. Lo otro, es interés individual y demagogia. Así de simple.

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