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Por Max Astudillo ()
La Habana.- Las palabras de Ariel Mancebo tienen la pulcritud ética de quien observa un incendio desde un balcón climatizado y dictamina que está mal usar agua porque moja los muebles. Su premisa —»el cubano que pida que su país sea atacado para sacar al gobierno no es cubano»— no es un juicio moral; es un ejercicio de abstracción geográfica.
Se formula desde la seguridad de un país donde la policía no te desaparece por un tweet, donde la comida no es un privilegio político y donde el futuro no es una cuenta regresiva hacia el colapso. Es fácil ser purista con el sacrificio ajeno cuando tu propia piel no está en la mesa de disección.
Vídeo de las declaraciones de Mancebo: (https://www.facebook.com/reel/1447153153695075)
La pregunta obligada, entonces, no es sobre la identidad cubana, sino sobre la comodidad de Mancebo. ¿Qué prefiere exactamente? ¿Que la dictadura castrista siga encarcelando, empobreciendo y sometiendo, pero que lo haga con una elegancia que no obligue a los exiliados a mancharse las manos con dilemas incómodos?
¿Prefiere que los muertos los siga poniendo el pueblo cubano, uno a uno, en silencio: de hambre en un hospital sin medicinas, de disentería por agua contaminada, de desesperación en una celda de castigo? Su postura parece sugerir que hay muertes aceptables —las lentas, las invisibles, las domésticas— y muertes indecorosas, aquellas que podrían, hipotéticamente, venir de fuera para cortar el nudo gordiano de la tiranía.
Mancebo sabe, como todo el mundo que no finge demencia histórica, que las dictaduras de raíz totalitaria y aparato represivo intacto no caen con peticiones ni con flores. Caen por la fuerza. Ya sea por una rebelión interna —que él, en su retórica, parecería apoyar— o por una intervención externa.
La diferencia es que una rebelión popular contra un Estado militarizado, como ha demostrado cada 11 de julio frustrado, es una carnicería anunciada donde los muertos, casi todos, los pondría el pueblo desarmado frente a tanquetas. ¿Es eso más «cubano»? ¿Más digno? ¿O es simplemente un holocausto distribuido en cuotas que permite a los espectadores externos llorar con la conciencia tranquila?
El gobierno cubano, en un acto de cinismo estratégico, ya se encargó de desactivar la posibilidad de una rebelión masiva. Su mecanismo favorito ha sido el exilio forzado: expulsar sistemáticamente a todo aquel con el coraje, la energía o el liderazgo para organizar una resistencia interna.
La isla ha sido drenada de su disidencia más potente. Lo que queda dentro es un pueblo heroico pero exhausto, vigilado, atomizado y luchando por la mera supervivencia física. Pedirle a esa población que sea la única responsable de su liberación, después de haberla deliberadamente despojado de sus herramientas, no es un llamado a la valentía. Es una condena a una matanza.
Por tanto, la disyuntiva no es entre «ataque extranjero» y «pureza patriótica». Es entre continuidad y cambio. Entre la perpetuación infinita del sufrimiento —que Mancebo observa desde la distancia con una tristeza estéril— y la búsqueda de un catalizador, por crudo que sea, que rompa el estancamiento mortal.
Quienes desde dentro, en la oscuridad de sus casas sin luz, suspiran por una intervención, no lo hacen por odio a Cuba, sino por amor desesperado a lo que Cuba podría ser. Lo hacen porque ya no soportan ver morir a sus hijos de enfermedades curables, ni enterrar a sus padres de pura inanición, ni despedir a sus amigos rumbo a una prisión por una pancarta.
Ariel Mancebo tiene derecho a su opinión, por supuesto. Pero esa opinión huele a naftalina y a distancia. Es el lujo de quien puede permitirse el pacifismo teórico porque su realidad no depende de él. Mientras, en la isla, la opción no es entre métodos elegantes o sucios. Es entre morir de a poco, con «dignidad» pasiva, o arriesgarse a un cataclismo que ofrezca, al menos, la posibilidad de un después.
Juzgar esa elección desde la comodidad de la libertad ya conseguida no es un acto de patria. Es, en el mejor de los casos, una ingenuidad cómplice. Y en el peor, una traición velada a quienes, dentro de Cuba, ya no tienen ni siquiera el privilegio de debatir cómo deben ser rescatados.
Mancebo, por cierto, me huele a esos agentes castristas infiltrados en Miami. Una especie de Gerardo Hernández aún tapado. Otro más que se agacha a lamerle las botas a los Castro. ¡Buaf, pobre diablo!