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Anatomía de un poder sin soberanía. ¿Vuelve Delcy a traicionar compromisos?

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Por: Jorge L LeonHistoriador e investigador.

Houston.- Nada está claro todavía. Confusión, desequilibrio y maniobra definen hoy la realidad venezolana. Los últimos acontecimientos han dejado al descubierto la verdadera naturaleza del poder: un régimen que ya no gobierna, sino que sobrevive; que ya no administra un país, sino una crisis; y que ha optado por refugiarse en la Cuba comunista como tabla de salvación ideológica y política.

La visita oficial del canciller cubano Bruno Rodríguez a Caracas, recibido con honores de jefe de Estado, marca un punto de inflexión. No fue un gesto diplomático ordinario, sino una demostración de jerarquía política. El mensaje fue inequívoco: Venezuela ha dejado de actuar como Estado soberano y se presenta hoy como socio subordinado del poder cubano. La escenografía del encuentro, los honores militares y la retórica de hermandad revolucionaria confirman que La Habana ya no acompaña, sino que tutela.

Esta relación ya no es de cooperación entre naciones, sino de dependencia estratégica. Cuba no asesora: dirige. No sugiere: condiciona. Y Delcy Rodríguez ha optado por blindarse en esa alianza cuando el régimen se tambalea ante el aislamiento internacional, la presión interna y el colapso económico.

A esta demostración de sumisión política se suma la construcción de una épica artificial mediante el uso propagandístico de los muertos. Los homenajes oficiales y la condecoración póstuma de los 32 cubanos como “héroes de la patria” constituyen uno de los actos más cínicos del actual poder. No murieron defendiendo a Venezuela. No murieron por su pueblo. Murieron sosteniendo a un régimen ilegítimo en una guerra política que no les pertenecía. Convertirlos en símbolos patrióticos no es un acto de honor, sino una manipulación grotesca del dolor. El régimen necesita mártires porque ya no tiene pueblo.

Estrategia: aplazar…

Mientras se celebran actos oficiales y se multiplican discursos de hermandad revolucionaria, la represión interna continúa sin tregua. Detenciones arbitrarias, persecución política, amenazas judiciales, censura informativa y hostigamiento permanente configuran el verdadero lenguaje del poder. La demora en la liberación de los presos políticos no es un error administrativo: es una decisión estratégica. Es el recordatorio permanente de que el régimen no dialoga, no negocia y no cede. Intimida.

Delcy Rodríguez se ha convertido en la figura central del nuevo esquema de supervivencia del chavismo. Su política no es gobernar, sino aplazar. Ganar tiempo para negociar, recomponer alianzas, reacomodar fuerzas internas y evitar el colapso definitivo. Su discurso mezcla pragmatismo táctico con retórica revolucionaria, pero su objetivo es uno solo: preservar el poder a cualquier precio. No se trata de ideología. Se trata de supervivencia. La alianza con Cuba no es una convicción doctrinaria: es una trinchera.

Venezuela no vive hoy una transición. Vive una ocupación política interna sostenida por una alianza extranjera. Delcy y Jorge Rodríguez administran las instituciones civiles, Diosdado Cabello controla los resortes represivos, Vladimir Padrino López garantiza la obediencia militar, y Cuba actúa como garante ideológico del sistema. El país no avanza. El poder se atrinchera.

Frente a este teatro político de homenajes, discursos y escenografías revolucionarias, Estados Unidos observa con frialdad estratégica. Washington no se deja engañar por la retórica de soberanía ni por la propaganda de guerra. Su política será pragmática: presión económica, aislamiento diplomático selectivo y negociación solo si el régimen ofrece garantías reales. Para Estados Unidos, Venezuela no es hoy un aliado ni un interlocutor confiable, sino un expediente de seguridad regional bajo vigilancia permanente.

La Venezuela real —la que trabaja, sufre, emigra y resiste— permanece secuestrada por una élite que ya no gobierna con autoridad, sino con miedo. Un poder que ha renunciado a la soberanía nacional para sostenerse mediante la tutela cubana, la propaganda de guerra y la represión sistemática.
Así se administra hoy el poder en Venezuela: sin proyecto, sin legitimidad y sin nación.

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