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Por Pedro Monreal (El Estado como tal)
La Habana.- Los datos oficiales de inversión para el período enero-noviembre de 2025, publicados por la Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI), revelan un patrón de asignación de recursos que, lejos de corregir los desequilibrios históricos de la economía cubana, los consolida y agrava. La distribución del gasto de capital evidencia una alarmante desconexión entre las prioridades declaradas por el gobierno y las necesidades urgentes para superar la crisis estructural que paraliza al país.
Un análisis detallado del informe confirma que el sector energético —agrupado como «electricidad, gas y agua»—, pese a ser señalado reiteradamente como prioritario para paliar la crisis de apagones crónicos, no recibe el «salto inversionista» necesario. Su participación se mantiene dentro de un patrón desbalanceado que perpetúa la vulnerabilidad del sistema y la dependencia de soluciones de parche, incapaces de revertir el colapso técnico generacional.

La inversión turística, aunque ha reducido su peso relativo, aún absorbe más de una quinta parte de la inversión total nacional. Esta proporción resulta desproporcionada y estratégicamente cuestionable en un contexto de crisis sostenida del sector, con una ocupación hotelera muy por debajo de su capacidad instalada y perspectivas de recuperación a corto plazo extremadamente limitadas. Los recursos continúan dirigiéndose a una industria que muestra exceso de oferta y subutilización crónica.
El dato más preocupante corresponde al sector agropecuario, la verdadera gran perdedora en esta distribución. Su participación ha caído a un mínimo histórico de menos del 2.1% de la inversión total, un nivel inédito en los últimos treinta años. La comparación es elocuente: durante el llamado «Periodo Especial» en 1994 —la crisis económica más profunda de la historia revolucionaria—, la inversión en agricultura representaba el 16.3% del total. Hoy, en medio de una severa crisis alimentaria e importaciones masivas de comida, el sector productivo de base recibe una fracción mínima, lo que explica en buena medida la incapacidad crónica para garantizar la soberanía alimentaria.

Paralelamente, tres sectores fundamentales para el desarrollo humano y la productividad a largo plazo —salud pública, educación, y ciencia e innovación— registran una participación marginal en la cartera de inversiones. Estos bajos niveles reflejan una escasa prioridad real en el fomento y modernización de la infraestructura esencial que sustenta el capital social del país, comprometiendo su futuro en un escenario de ya evidente deterioro.
El cuadro que emerge de las cifras de la ONEI es el de una economía que invierte contra sus propias necesidades. Se privilegian sectores de retorno político a corto plazo o con capacidades ociosas, mientras se desatienden de forma crónica los fundamentos productivos (agro, energía) y sociales (salud, educación). Este patrón no es accidental; es el síntoma de una planificación central que ha perdido el rumbo y opera por inercia, profundizando día a día los cuellos de botella que ahogan cualquier posibilidad de recuperación sostenible. La conclusión es técnica, pero sus implicaciones son políticas: sin un cambio radical en la asignación de recursos, la crisis estructural cubana no tiene solución.