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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)
Houston.- Cuba ya no es un proyecto político ni una experiencia histórica en desarrollo. Es un país en ruinas que sobrevive entre apagones, hambre y propaganda. No vive una crisis coyuntural: vive un colapso estructural. El salario no alcanza, la jubilación no compra comida, el dólar decide quién come y quién pasa hambre, la libreta es un simulacro y el mercado negro gobierna la supervivencia.
Las farmacias están vacías, los hospitales colapsan, la electricidad se va, el agua no llega y el transporte se desmorona. El país no produce, no exporta, no paga sus deudas, no atrae inversión y no genera riqueza. Cuba no está bloqueada: está quebrada.
Un país que obliga a huir a su gente ha fracasado. Millones de cubanos han escapado en los últimos años, cruzando selvas, mares y fronteras, arriesgando la vida por dignidad. No emigran por aventura ni por ambición: emigran por hambre, por desesperación y por futuro.
Cuba se vacía, envejece, se empobrece y se desangra. Sin embargo, el régimen se niega a reconocer su responsabilidad y culpa al “imperialismo” de una ruina que es resultado directo de un modelo económico inviable
La propaganda insiste en hablar de bloqueo mientras el mundo comercia con Cuba; habla de soberanía sin elecciones; habla de dignidad mientras millones sobreviven gracias a remesas enviadas desde el extranjero.
La verdad es simple: el problema de Cuba no es el embargo, es el comunismo. Un sistema que no produce, un Estado que no paga, un gobierno que no rinde cuentas y un partido que jamás se somete al voto popular.
Mientras la gente pasa hambre, el régimen construye hoteles. Hoteles vacíos, sin turistas y sin rentabilidad. Se invierte en cemento mientras faltan medicinas; se levantan torres mientras se caen las escuelas; se inauguran lobbies mientras se cierran salas de terapia.
La salud pública ya no cura, la educación ya no forma y la seguridad ya no protege. El modelo económico no responde a las necesidades del ciudadano, sino a la lógica propagandística del poder.
La dictadura también convirtió la solidaridad en negocio. Médicos exportados como mercancía, enviados al extranjero en condiciones de semiesclavitud. Soldados enviados a guerras ajenas. Sangre cubana alquilada por divisas. No es cooperación internacional: es explotación organizada. No es ayuda: es control político.
En este contexto aparece el discurso más peligroso del régimen. Miguel Díaz-Canel proclama que resistirá hasta las últimas consecuencias, que no hará concesiones y que no se rendirá ante Estados Unidos. Traducido al lenguaje real, significa sacrificar al pueblo para salvar la ideología, hundir el país para conservar el poder e incendiar la nación antes que abrirla al cambio.
No es un discurso de valentía. Es un discurso de pánico. No expresa firmeza política, sino desesperación histórica. Es la voz de un régimen acorralado que sabe que el tiempo se le acabó. Cuando un gobierno prefiere la ruina antes que la reforma, ya está derrotado.
Cuba no necesita más consignas. Necesita libertad, mercado, instituciones, elecciones y futuro. El comunismo no cayó por culpa del imperialismo; cayó por su incapacidad de crear riqueza, bienestar y esperanza. La pregunta ya no es si el sistema caerá, sino cuántos cubanos más arrastrará antes de caer.
La historia no absuelve al fracaso. Y los pueblos no olvidan.