Newsletter Subscribe
Enter your email address below and subscribe to our newsletter

Por Oscar Durán
La Habana.- Otra vez el mismo libreto, con los mismos actores y el mismo desenlace previsible. El Club de París “reconoce esfuerzos” de Cuba, una frase tan elástica que cabe lo mismo para un alumno aplicado que para uno que nunca entregó la tarea. El régimen se agarra a ese titular como a un salvavidas, intentando vender la idea de que hay voluntad, seriedad y compromiso, cuando la realidad demuestra exactamente lo contrario: un Estado quebrado, sin credibilidad y viviendo de la prórroga eterna.
La delegación cubana volvió a París a contar penas, a repetir el discurso gastado de la “compleja situación económico-financiera” y a señalar, como siempre, a Estados Unidos como el villano principal de la película. No hay una sola línea de autocrítica, ni una palabra sobre la desastrosa gestión interna, el despilfarro, la corrupción estructural o las decisiones económicas erráticas que llevan décadas hundiendo al país. Para La Habana, la culpa siempre viene de afuera; la incapacidad, jamás es propia.
Resulta casi ofensivo hablar de “vínculos constructivos” cuando Cuba ha incumplido sistemáticamente cada compromiso asumido. Firmó en 2015 un acuerdo histórico, le perdonaron 8.500 millones de dólares —una cifra que cualquier nación normal cuidaría como oro— y aun así falló en los pagos. Luego vino la moratoria, después la renegociación, más tarde otra prórroga y ahora condiciones “más ventajosas”. En cualquier parte del mundo, a eso se le llama mala paga crónica; en el caso cubano, se disfraza de heroicidad diplomática.
Mientras los acreedores estiran la cuerda para no romper definitivamente la relación, la economía cubana se contrae un 15 % en cinco años, el efectivo desaparece, las empresas se asfixian y la población vive entre colas, apagones y miseria. El gobierno insiste en culpar a la pandemia, a las sanciones y a factores externos, pero guarda silencio sobre las reformas fallidas, la dolarización encubierta, el control absoluto del Estado y la falta total de incentivos productivos.
El problema de fondo no es la deuda, ni el Club de París, ni Trump, ni las sanciones. El problema es un modelo agotado, sostenido a base de excusas y renegociaciones infinitas. Ningún acreedor serio puede seguir creyendo en promesas de un régimen que no produce, no paga y no rectifica. Cuba no necesita más condiciones “ventajosas”; necesita, urgentemente, un cambio estructural real. Todo lo demás es muela diplomática para seguir pateando la lata.