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Agramonte: la epidemia del desprecio

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Por Yoelbis Albelo ()

Matanzas.- En Matanzas, la cosa está que arde y no precisamente por el sol. En Agramonte, un pueblo donde todo el mundo se conoce y donde las noticias vuelan de boca en boca más rápido que un mosquito, la alarma ya no es un susurro, es un grito ahogado que se lleva por dentro.

La gente ve cómo su vecino, el que jugaba al dominó en el parque, o su prima, la que vendía los mejores dulces, empiezan a caer con la misma fiebre, el mismo decaimiento. Y no es uno. Son cinco. Son diez. Es una cadena que no para de crecer y de la que nadie parece querer cortar el primer eslabón. Aquí la enfermedad se ha vuelto un miembro más de la familia, uno incómodo y silencioso que se sienta a la mesa sin que lo hayan invitado.

Lo más jodido no es solo enfermarse; es enfermarse en la incertidumbre. En el consultorio te reciben con la mejor voluntad del mundo, que no les quepa a ellos la duda, pero te miran con los mismos ojos desarmados con los que los miras tú. No hay reactivos. Suena a palabra de laboratorio, pero en la práctica significa que estás a ciegas.

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Es como si el mecánico te dijera que el carro hace un ruido raro, pero que no tiene herramientas para abrir el capó. ¿Qué tienes? ¿Dengue? ¿Chikunguña? ¿Alguna otra mierda que trajo el calor y la dejadez? Nadie puede decírtelo con certeza. Así que te mandan a casa con paracetamol y la esperanza de que tu cuerpo, solo, sea más listo que el bicho que lo atacó.

Balones fuera

Mientras, en La Habana o en la capital provincial, los dirigentes de salud deben de vivir en una burbuja de aire acondicionado filtrado. Sus declaraciones son un ejercicio de funambulismo verbal: lanzan balones fuera con una elegancia que da vergüenza ajena.

Hablan de campañas de prevención que nadie ha visto, de fumigaciones que son como lluvia de verano: rápida, inútil y que se evapora al primer rayo de sol. Se llenan la boca con palabras como «fortalecer el sistema» y «enfrentar el desafío», pero en Agramonte el único desafío que se enfrenta es a diario, con un trapo viejo y un poco de cloro, si es que hay. Su inacción no es torpeza; es cinismo.

Uno se pregunta qué pasa por la cabeza de estos tipos. ¿Es que no lo ven? ¿O es que, simplemente, les importa un bledo? Es difícil no pensar en lo segundo cuando las excusas se acumulan más rápido que los casos. Echan la culpa al bloqueo, y dicen que es novedoso lo de los cuadros febriles, pero la situación es asfixiante.

Eso sí, ni en Perico, ni en Máximo Gómez y menos en Agramonte no fue el bloqueo el que crió los mosquitos en las aguas estancadas del tanque mal tapado de la esquina. El bloqueo no impide que un funcionario local, con dos huevos, organice una brigada para limpiar los focos de insalubridad. Aquí la negligencia es autóctona, de producción nacional. Es el sabor amargo del abandono de los de siempre hacia los que siempre están olvidados.

Y al doctor Francisco Durán, mejor no escucharlo. Su tono aburrido y cansino no inspira confianza desde hace mucho tiempo. Lo suyo es un sermón tras otro.

La fiebre y la desesperanza

En el pueblo, la gente ya no sabe si tiene más miedo a la fiebre o a la desesperanza. La confianza en que alguien va a venir a solucionar esto se ha esfumado como el agua de un charco bajo el sol de la una de la tarde. Lo único que proliferan son los rumores y los vectores.

Los mosquitos, esos sí, no conocen de discursos ni de burocracia. Ellos trabajan sin descanso, sin reactivos que les falten, eficaces y mortíferos en su silencio. Son el único organismo en esta historia que cumple con su función a la perfección.

Al final, en Agramonte te das cuenta de que la peor enfermedad no es la que te transmite un mosquito. La peor enfermedad es la indiferencia de quienes tienen el poder de prevenir esto y no lo hacen. Es una infección que corroe desde arriba, que mata la fe en todo y en todos.

Mientras los vecinos entierran a sus muertos o cuidan a sus enfermos con los recursos del siglo pasado, los responsables siguen dando ruedas de prensa. Y uno piensa que ojalá los mosquitos piquen, solo una vez, con toda su rabia, a esos que, desde sus cómodos despachos, han decidido que Agramonte no es prioridad. Que su silencio cómplice es la peor de las epidemias.

(Y es bueno aclarar una cosa: contra el calor no se puede hacer nada, pero contra la basura y los criaderos de mosquitos sí. ¿Verdad, doctor Durán?)

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