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Abel Prieto: el orgullo no se decreta, se gana

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Por Jorge L. León

Houston.- Abel Prieto, nadie te ha otorgado autoridad moral para afirmar que los cubanos hemos perdido el orgullo de serlo. El orgullo nacional no es una consigna, no se impone desde un buró ni se administra desde el Partido. El orgullo nace de la dignidad, de la libertad y de la posibilidad real de vivir sin humillaciones. Y eso es, precisamente, lo que el sistema que tú defiendes ha destruido.

Casi siete décadas de poder absoluto no admiten excusas ni relatos épicos reciclados. No hay alternancia política, no hay elecciones libres, no hay prensa independiente, no hay sindicatos autónomos. Cuando un proyecto fracasa durante casi 70 años deja de ser promesa y se convierte en una condena histórica. No es una opinión ideológica: es un hecho medible.

No existe orgullo posible en un país donde un jubilado debe elegir entre comer o medicarse, donde un profesional emigra para sobrevivir, donde un joven no sueña con construir su futuro sino con huir. Eso no se llama resistencia ni bloqueo: se llama mala gestión crónica, corrupción estructural y saqueo del Estado. Otros países pobres, devastados o sancionados avanzaron cuando abandonaron el modelo totalitario; Cuba, con los mismos hombres aferrados al poder, solo ha retrocedido.

Tú, Abel Prieto, no hablas hoy como intelectual crítico, sino como burócrata obediente. Has formado parte durante décadas de una élite privilegiada, protegida y bien alimentada, mientras el pueblo hacía colas, pasaba hambre y perdía la esperanza. Ya no defiendes ideas: defiendes una casta envejecida, temerosa de rendir cuentas. El lenguaje que utilizas no explica la realidad, la disfraza; no ilumina, encubre.

La figura de Fidel Castro tampoco resiste ya el peso de los hechos. El tiempo no confundió al pueblo: el tiempo desnudó una economía arruinada, la represión sistemática, el culto a la personalidad y el resultado final de todo ello: un país envejecido, empobrecido y despoblado. La historia no evalúa consignas ni mitos, evalúa resultados. Y los resultados están a la vista.

No es un problema de edad; es un problema de responsabilidad moral. Aferrarse al poder mientras se destruye un país, sin pedir perdón, sin rectificar, sin dar paso a otros, es una falta grave ante la historia. El orgullo cubano no murió: fue expulsado del discurso oficial, pero sigue vivo en quienes se niegan a mentir y a justificar lo injustificable.

Abel Prieto no habla en nombre de Cuba. Habla en nombre de un sistema agotado, sostenido por el miedo, la manipulación y la memoria selectiva. Y la historia, tarde o temprano, siempre pasa factura.

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