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Por Padre Alberto Reyes ()
Evangelio: Mateo 4, 1-11
Camagüey.- Solemos imaginar al diablo como un ser externo y ajeno a nosotros pero, en realidad, el Maligno es también parte de nosotros. Es la voz engañosa que nos sigue invitando a “ser como Dios”, a eso que llamamos “autorrefencialidad”, a ese impulso tan agradable de hacer lo que nos dé la gana, lo que nos gusta, lo que va con nuestros deseos. Es la voz que nos dice que pensar en el otro es un fastidio, y sacrificarse por alguien, una carga.
Bajo esta “voz”, Dios no se percibe como la compañía de un Padre que quiere nuestra felicidad, sino
como alguien que se impone, que obliga y que, en consecuencia, molesta.
La naturaleza del diablo es impedir o, al menos, dañar el establecimiento de una relación de amor
con Dios. Por eso se presenta como amigo, como aliado, como alguien que, en realidad, está de nuestra
parte, como Pedro, cuando, para “proteger” a Jesús, quiso impedir que fuera a Jerusalén, porque no aceptaba que Jesús tuviera que sufrir.
Por eso las tentaciones parten de realidades vitales importantes para nosotros, y por eso, a veces, son
tan difíciles de rechazar.
La primera tentación parte de necesidades lógicas, básicas, que son buenas en sí: alimento, casa,
salud, éxito profesional… Sin embargo, cuando lo físico se vuelve central en la vida, no sólo sometemos a ello nuestra vida y la de los demás, sino que entramos en la mentalidad de que solamente valemos por lo que tenemos y producimos, y bajo ese criterio fundamos nuestro valor y el valor que le damos a los demás.
Jesús dice que “no sólo” de bienes materiales se vive. Jesús no niega la necesidad de bienes
materiales, pero aclara que es diferente el “pan para vivir” que “vivir para el pan”. La familia, la amistad, la
fe, la solidaridad, la capacidad de estar ahí para el que lo necesita… nos salva de la esclavitud de una vida angustiosamente sometida a lo material.
La segunda tentación parte de nuestra necesidad de compañía y afecto, y nos empuja a la duda:
¿Existe un Dios que me escucha y acompaña?, ¿está o no Dios presente en mi vida? ¿Por qué a veces la vida se vuelve tan cuesta arriba? ¿Por qué por momentos esta sensación de soledad y de una vida que se vuelve lucha continua?
Es la tentación que tuvo también el pueblo de Israel en el desierto cuando les faltó el agua y el
alimento, y se decían: “¿Está o no el Señor en medio de nosotros?”.
La tercera tentación parte de un instinto: la búsqueda de todo lo que nos hace sentir bien, de lo que
nos da comodidad, de lo que nos gusta, y nos invita a la lógica del dominio, del “yo primero”, de salirme
con la mía, del impulso a que los demás se adapten a mí y asuman mis criterios. Es la tentación que legitima el dominio, el sometimiento del otro y su manipulación para mi propia conveniencia.
Dice el Evangelio que Jesús estuvo en el desierto “40 días”. En la Biblia, 40 significa toda una
generación, toda una vida. Hemos sido tentados, y lo seguiremos siendo, porque la vida no es otra cosa que una elección continua entre la lógica de Dios y la lógica del mal, y esta elección es algo que tenemos que
hacer, día a día, en ese examen diario que se llama “el examen de la vida”.