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A la guerra se va a matar o a que te maten

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Por Sergio Barbán Cardero ()

Miami.- Los mercenarios muertos en guerras ajenas, bien muertos están. A la guerra se va con dos principios básicos: a matar o a que te maten. No hay épica, no hay romanticismo, no hay inocencia. El ejército de Estados Unidos lo sabe y muchas veces ha tenido que recoger a sus muertos y llorarlos en silencio, sin escenografías ni liturgias políticas. Por eso prepara a sus soldados y los equipa con armamento letal. En la guerra rige una ley vieja y brutal: para que llore mi madre, que llore la madre del otro.

Lo demás es hipocresía. Y para entenderlo todo, bastan las palabras de un combatiente revolucionario que el castrismo adoctrinó y bien conviene desempolvar:

“Usando el odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así; un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal. Hay que llevar la guerra hasta donde el enemigo la lleve: a su casa, a sus lugares de diversión; hacerla total. Hay que impedirle tener un minuto de tranquilidad, un minuto de sosiego fuera de sus cuarteles, y aun dentro de los mismos: atacarlo donde quiera que se encuentre; hacerlo sentir una fiera acosada…”

Eso no es un exceso retórico ni una metáfora de juventud: es doctrina. Es la exaltación consciente del odio como herramienta política, la normalización de la violencia como método y la conversión del ser humano en instrumento. Bajo ese prisma, la vida, propia y ajena, pierde valor, y la muerte deja de ser tragedia para convertirse en recurso.

El cinismo del gobierno cubano

Por eso hoy el régimen cubano puede llorar en actos públicos a soldados enviados a guerras ajenas, elevarlos a la categoría de héroes y, al mismo tiempo, acusar de deshumanos a otros ejércitos. No hay contradicción: hay cinismo. Los muertos no importan como personas, sino como símbolos. Sirven para fabricar épica, tapar fracasos y reciclar discursos gastados.

Se denuncia el “odio del enemigo” mientras se reutilizan, sin pudor, palabras que glorifican el odio como motor de la lucha. Se acusa la “guerra desproporcionada” mientras se justifica la guerra total. Se habla de humanidad después de décadas formando hombres para anularla.

El poder recicla frases de Fidel Castro, las pone en boca de Miguel Díaz‑Canel y las presenta como autoridad moral, fingiendo olvidar que esas mismas ideas legitiman la deshumanización que hoy dicen condenar. No es un error, ni una contradicción accidental: es continuidad ideológica.

El problema no es quién disparó primero. El problema es quién enseñó a convertir la muerte en virtud y el sacrificio en consigna. Y cuando un régimen necesita muertos para sostener su relato, ya no estamos ante una causa ni ante soberanía alguna: estamos ante una maquinaria política que se alimenta de cadáveres.

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