La mentira como estructura: el iceberg oscuro del subdesarrollo cubano

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Por René Fidel González ()

Santiago de Cuba.- Los economistas cubanos, sin distingos de posiciones políticas, no pueden seguir ignorando el papel que ha jugado la mentira como estructura del subdesarrollo en Cuba, como sostén de la corrupción política y como exigencia perversa del estatus y el rol de los actores del sistema político, administrativo y empresarial de la isla. Ni ellos ni nosotros. Ha sido nuestro iceberg oscuro, esa masa sumergida que hunde cualquier intento de navegar hacia aguas más prósperas.

Porque la mentira no es un accidente ni un exceso retórico. Es un dato insidioso del fracaso del esfuerzo por superar el subdesarrollo, y también de la desactivación sistemática de la experiencia, el pensamiento crítico y la innovación. Las condiciones que la generan y la sustentan —su propia expresión, concreción y reproducción como un conjunto de prácticas, valores y creencias sobre el éxito o la supervivencia en contextos de normalización y fuertes exigencias de la corrupción— explican el tipo de ineficacia e insostenibilidad que se codifica en el triunfo aparente de distintas políticas públicas, en la gestión de un ecosistema institucional estable y en el logro de las metas civilizatorias que la sociedad cubana se ha trazado.

La mentira como estructura: el iceberg oscuro del subdesarrollo cubano

La mentira es también un dato del Estado cubano: de su funcionamiento y de su paradójica capacidad para sobrevivir y autodestruirse al mismo tiempo, mientras defrauda el pacto social, los sacrificios y los proyectos de vida de generaciones enteras de cubanos. No es un fenómeno accesorio ni una distorsión menor; es el cemento de una arquitectura que se sostiene en la apariencia mientras se resquebraja en lo esencial.

El Estado miente

A menos que se reconozca y, sobre todo, se calibre la importancia de la mentira —su altísima capacidad para involucrar al Gobierno cubano en un falso horizonte y comprometer de antemano sus decisiones e intereses—; a menos que se le considere una cuestión fundamental y potencialmente peligrosa incluso para la estabilidad de la transición al capitalismo hacia la que está siendo conducida la sociedad cubana; a menos que se le identifique como aquello que se sostiene a través de las brumas del caótico, intermitente y desastroso curso de las reformas económicas, en cuyo interior se esconde la desregulación de las facultades y funciones estatales más importantes y la conversión de los derechos socioeconómicos y culturales en meros mercados, ningún debate, reflexión o esfuerzo por cambiar el estado actual de las cosas en Cuba, ni por encontrar vías para salir del subdesarrollo, podrá evitar fracasar en lo esencial.

El filósofo Friedrich Nietzsche escribió en su obra Así habló Zaratustra: «… el Estado miente en todas las lenguas del bien y del mal; y diga lo que diga, miente…», y añadió: «… y ésta es la mentira que se desliza de su boca: ‘Yo, el Estado, soy el pueblo'». La mentira es política, el problema de la mentira es político, y la mentira oficial es siempre política. Por eso, el problema, en el fondo, es político. Y mientras no se le nombre como tal, cualquier diagnóstico sobre el subdesarrollo cubano seguirá cojeando desde el primer párrafo.

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