
Especialistas en acomodar la doble moral
Por Anette Espinosa
La Habana.- Hay escenas que solo pueden ocurrir en Cuba. Uno abre las redes sociales y encuentra a decenas de comunistas celebrando las medallas de Marlies Mejías en los Juegos Centroamericanos. Aplauden, comparten fotos, escriben mensajes cargados de patriotismo y hasta hablan de orgullo nacional. Entonces surge una pregunta inevitable: ¿dónde quedaron los discursos de odio que siempre descargan contra cualquier deportista cubano que decide rehacer su vida fuera de la isla?
Lo curioso es que esa misma gente jamás tuvo compasión con quienes emigraron. Les llamaron gusanos, mercenarios, traidores y vendepatrias. Respaldaron actos de repudio, justificaron campañas de descrédito y repitieron cada consigna salida del aparato propagandístico. Ahora descubren que una atleta residente en Estados Unidos también puede defender la bandera cubana y, de repente, todo aquello deja de importar. El libreto cambió y ellos cambiaron con él.
Que Marlies represente a Cuba es una decisión exclusivamente suya. Está en todo su derecho. Nadie tiene autoridad para cuestionar el rumbo que escogió. El verdadero problema nace en la reacción de quienes convierten cada caso en una cuestión política únicamente cuando les conviene. Hoy reparten elogios; ayer repartían insultos. La diferencia nunca estuvo en los deportistas, sino en la conveniencia del relato oficial.
Esa facilidad para cambiar de postura retrata una militancia incapaz de sostener un principio. No defienden ideas; defienden órdenes. Si mañana les indican atacar a Marlies, lo harán con el mismo entusiasmo utilizado hoy para rendirle homenaje. Esa es la tragedia del fanatismo: sustituye el pensamiento por la obediencia y convierte a las personas en simples repetidores de consignas.
Al final, Marlies seguirá pedaleando y ganando o perdiendo carreras. Su vida continuará igual. Quienes quedarán otra vez en evidencia serán los mismos de siempre: los especialistas en acomodar la moral según soplen los intereses del poder. Esa doble vara ya no sorprende a nadie. Lo único que provoca es una mezcla de vergüenza ajena y lástima. Vivir sin coherencia también termina siendo una forma de esclavitud.






