El enigma de la losa escolar

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Durante más de veinte años, miles de estudiantes pasaron junto a una roca que parecía mostrar unas pocas huellas de dinosaurio. Nadie imaginaba que, bajo la luz adecuada, aparecía una multitud. La losa había sido rescatada en 2002 en una mina de carbón de Queensland y donada a una escuela, donde terminó instalada cerca de la oficina principal. Algunos sabían que contenía huellas auténticas, pero su verdadera importancia permaneció oculta durante dos décadas.

Entonces apareció el paleontólogo Anthony Romilio. Los vecinos le hablaron de la piedra, y él la fotografió desde todos los ángulos. Al modificar digitalmente la iluminación y el contraste, lo que parecían unas pocas marcas se convirtió en un tapiz de pisadas: 66 huellas en menos de un metro cuadrado, de al menos 47 dinosaurios distintos. La concentración era de 71 huellas por metro cuadrado, la segunda mayor de Australia.

Aquellos animales caminaron por la región hace unos 200 millones de años. No era una mina ni el paisaje actual de Queensland, sino una zona húmeda junto a un río. Pisaron arcilla blanca mojada, y el tiempo convirtió el barro en roca. No formaban una manada; quizás pasaron durante días o semanas, cruzando el mismo tramo fangoso sin prisa, a menos de seis kilómetros por hora.

Los fósiles inadvertidos

Las huellas pertenecían a pequeños herbívoros bípedos, de patas cortas y cabeza pequeña, de los que aún no se han encontrado esqueletos en Australia. Pero la roca no guarda una escena de caza ni de huida: conserva la rutina más sencilla, animales paseando por la orilla del agua, sin saber que millones de años después sus pasos serían el centro de un misterio escolar.

Y lo mejor es que aquella no fue la única joya escondida. Romilio encontró una roca de dos toneladas usada para delimitar la entrada de un aparcamiento y otra que servía de sujetalibros. Tres fósiles que habían pasado desapercibidos durante años, cumpliendo funciones cotidianas. Porque a veces los grandes descubrimientos no esperan en el fondo de una excavación, sino frente a una oficina, en la entrada de un garaje o sosteniendo libros, guardando los pasos de un mundo que nadie llegó a ver.

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