
El Foro de los sinvergüenzas
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Roma era un hervidero. Sin cámaras, sin policía que valiera y con unas leyes que funcionaban a base de «espabílate tú», el engaño no era un delito: era un deporte nacional. El Foro no solo hervía de senadores y filósofos; también era el paraíso de los trileros, los falsificadores y los charlatanes. Y ojo, que de aquel mercado de la estafa nos han quedado palabras que hoy usamos a diario sin saber que llevan siglos de trampa a cuestas.
Empecemos por el impostor. Hoy es el típico que se hace pasar por otro en internet, pero en Roma era el que te «imponía» un impuesto inventado o una cláusula oculta en el contrato. Vamos, el que con mucha labia te colaba una carga falsa sobre los hombros y luego se iba tan pancho. De «colarte una mentira» pasamos al mentiroso profesional, pero el origen era puramente fiscal: un delincuente de cuello blanco con toga.
Plagiarios, magos… engañadores
Y luego está el plagio, que es de mis favoritos. En Roma, el plagiarius era un delincuente de sangre: secuestraba hombres libres para venderlos como esclavos o robaba esclavos ajenos para revenderlos. Pero un poeta de Calatayud llamado Marcial se enteró de que otro iba recitando sus versos como suyos y le soltó un epigrama donde lo llamaba plagiarius, acusándolo de haber «secuestrado a sus hijos» (sus poemas). El insulto cuajó, y de secuestrar personas pasamos a secuestrar ideas. Qué bonito, ¿eh?
La falacia es más sutil. Viene de fallere, que significa «engañar», pero en su origen tenía un sentido físico: «meter una zancadilla». La falacia era esa trampa que te ponían en mitad de una discusión para que tropezaras, perdieras el equilibrio y el otro se quedara con tu dinero o con tu razón. Es la herramienta favorita de los políticos malos y los timadores de salón, pero su raíz es de calle: una zancadilla invisible.
Y para rematar, el prestigio. Esta es la que más me flipa porque ha dado un giro de 180 grados. Hoy tener prestigio es sinónimo de respeto y éxito. En Roma, si te decían que tenías praestigium, te estaban llamando delincuente. Los praestigiatores eran los trileros, los magos callejeros que hacían juegos de manos en las esquinas para dejar pasmados a los paletos. El prestigio era, textualmente, un truco para cegarte y vaciarte los bolsillos. Menudo cambiazo, ¿no? De fascinar con un engaño a fascinar por tus méritos. La historia, como la trampa, siempre ha sido cuestión de palabras bien colocadas.






