
El Castrismo se caga ante Marco Rubio
Por Max Astudillo ()
La Habana.- El miedo le corre por las venas a la cúpula castrista, y no es para menos. La semana pasada, en una conversación privada de la cual tuvo detalles este medio, el secretario de Organización del Partido Comunista, Roberto Morales Ojeda, soltó la sopa: Donald Trump, en su mandato anterior, no fue tan duro con la isla. Pero Marco Rubio, el hijo de cubanos exiliados, es otra historia.
Para los jerarcas de Partdo Comunista, el secretario de Estado es el único culpable de su actual calvario, el verdugo que ha apretado la mano hasta dejar sin aire a la economía. Olvidan, por supuesto, que el hambre, los apagones y el agua podrida no los inventó Rubio, sino décadas de un modelo que ni con candela se sostiene.
Y ahí están los alabarderos de siempre, los agentes de opinión pagados con el sudor ajeno, disparando sus cañones retóricos en redes sociales y en la prensa oficial contra Marco Rubio a cada minuto. La consigna es clara: satanizar al secretario para ver si Trump se arrepiente de las medidas y le afloja la mano. La jugada es de una torpeza y una miopía absoluta.
El presidente estadounidense no nombró a Rubio para hacer turismo en el Caribe ni para repartir caramelos, sino justamente para atizar a los regímenes totalitarios de la región. Y Cuba, no lo olviden, es la cabeza de la serpiente de la izquierda en América. Le disparan al mensajero porque no tienen ovarios para mirarse al espejo y enfrentar la ruina que ellos mismos fabricaron con su centralismo asesino.
Incongruencias y cinismo
El colmo del cinismo lo vimos con la declaración de la Casa de las Américas, esa institución plegada al Partido que preside el inefable Abel Prieto, y con el artículo de Raúl Antonio Capote en el Granma. Hablan de un «siniestro fantasma» del neofascismo que recorre el mundo y denuncian una supuesta «guillotina» que el régimen de Washington mantiene sobre el pueblo cubano.
Llaman «guillotina» a las medidas de Washington, pero con las 176 medidas anunciadas recientemente recnocen muchs cosas, entre ellas que la debacle cubana no es más que el reflejo de su propia incapacidad para gobernar sin un enemigo externo al que señalar.
El castrismo es especialista en defenderse como gato bocarriba, arañando con victimismo mientras el pueblo se desangra. Miguel Díaz-Canel sale a decir en sus redes que es una «guerra genocida», y ojo, las sanciones de Rubio aprietan, eso es innegable. Pero más allá de los 8.000 millones de dólares en daños que ellos mismos reportan, la realidad es tozuda y no admite maquillaje: más de nueve millones de cubanos se quedan a oscuras no una vez, sino todos los días; el agua no llega; el transporte es un mito; los bancos son un cascarón sin efectivo; y el dinero, ese que sobraba en las arcas de los militares, brilla por su ausencia en los bolsillos de los ciudadanos.
Ojo a esto: no data de enero de este año, ni mucho menos. Esto viene de lustros de mala gestión, ineficiencia estructural, corrupción encubierta y una obsesión enfermiza por culpar al imperio de todo, menos de su propio desastre.
El amanecer se acerca para Cuba
La ofensiva mediática contra Rubio es su tabla de salvación. Creen que si repiten hasta la saciedad que él es el «verdugo» y que todo lo que ocurre en la isla es responsabilidad directa suya, Trump cambie de idea y se olvide de la isla pequeña situada a unas millas escasas de sus costas.
Olvidan que mientras ellos montan cumbres antiterroristas ficticias para justificar su dictadura y congelan a su pueblo en la Edad Media, el cubano de a pie sigue racionando el aceite, maldiciendo la oscuridad y viendo cómo sus hijos se van a cualquier lugar. Rubio es el martillo, sí, pero el yunque lo pusieron ellos décadas atrás, cuando secuestraron la soberanía y la dignidad de un país entero para convertirla en un experimento fracasado.
Sin embargo, que los jerarcas no pierdan el sueño solo por Marco Rubio, porque su peor enemigo no vive en Washington, sino en cada barrio de La Habana, Santiago y Camagüey: la paciencia del cubano se está agotando y el hartazgo se huele en el aire.
Por una vía u otra, el castrismo caerá. Ya sea por la presión internacional que encabeza Rubio o por el estallido interno de un pueblo que no tiene nada que perder más que sus cadenas, la marea de la historia es imparable. Y cuando ese día llegue, y va a llegar, el cubano que hoy pasa hambre, sed y vergüenza podrá por fin levantar la cabeza, respirar sin miedo y construir una vida digna, sin el lastre de una tiranía que se caga de miedo ante cualquier viento de cambio.
Ese amanecer está más cerca de lo que ellos imaginan, y ni todo el aparato propagandístico del Partido podrá detenerlo.






