Comparte esta noticia

Por Oscar Durán

La Habana.- La Habana parece vivir una realidad distinta al resto del país. Mientras en muchas provincias orientales y centrales los apagones continúan golpeando con la misma intensidad, son los barrios habaneros los que han comenzado a expresar su descontento de manera más visible. Noche tras noche se repiten los cacerolazos, los gritos desde los balcones, los cortes de calles improvisados y las protestas espontáneas de una población agotada por la falta de electricidad y el deterioro constante de sus condiciones de vida.

Lo preocupante no es únicamente la protesta en sí, sino la percepción que empieza a instalarse entre los ciudadanos. Cada vez son más quienes observan que, tras determinadas manifestaciones, el servicio eléctrico regresa con relativa rapidez. Si esa impresión se consolida, aunque sea parcialmente, el mensaje que recibe la población es peligroso: protestar funciona más que esperar. Y cuando una sociedad llega a esa conclusión, la protesta deja de ser excepcional para convertirse en método.

Las autoridades deberían prestar atención a ese precedente. No se trata únicamente de restablecer la corriente en un barrio específico ni de apagar el malestar de una noche. El problema es mucho más profundo. Cuba acumula años de apagones, escasez, inflación y deterioro de los servicios básicos. Cada jornada añade nuevas frustraciones a una ciudadanía que siente que sus problemas crecen más rápido que las soluciones.

Hay demasiada ira acumulada. Ríos enteros de insatisfacción recorren el país de punta a punta. La gente está cansada de escuchar promesas mientras los cortes eléctricos se prolongan durante horas y la calidad de vida sigue desplomándose. En ese contexto, el respeto institucional se erosiona a la misma velocidad con que aumenta la percepción de abandono. El ciudadano que siente que no es escuchado termina buscando otras maneras de hacerse notar.

Por eso las respuestas no pueden esperar a julio más. La situación exige medidas inmediatas y señales concretas de que existe voluntad para enfrentar la crisis. Cada noche de oscuridad alimenta el malestar colectivo y reduce el margen de paciencia de la población. Gobernar también consiste en entender cuándo el descontento ha llegado a un punto sin marcha atrás. Y todo indica que ese punto está cada vez más cerca.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Lo más consultado hoy