
Cuando la desvergüenza llega al límite
¿Quién eligió realmente a Díaz-Canel? Las contradicciones de una entrevista reveladora.
Por Jorge L. León (Historiador e investigador)
Houston.- La entrevista concedida por Miguel Díaz-Canel al periodista Andrés Gil de elDiario.es no puede leerse como un simple ejercicio periodístico. Es un espacio donde el poder intenta reafirmar su legitimidad en medio de una crisis estructural que desmiente, día tras día, el relato oficial del Estado cubano.
El mandatario insiste en presentarse como un dirigente “elegido por el pueblo” y portador de una legitimidad incuestionable. Sin embargo, esa afirmación choca con la estructura real del sistema político cubano, donde no existe pluralismo partidista, ni competencia electoral abierta, ni posibilidad efectiva de alternancia en el poder. El marco institucional está definido por la supremacía del Partido Comunista de Cuba, lo que convierte el concepto de “elección” en una categoría profundamente distinta a la de las democracias representativas.
La pregunta, por tanto, no es retórica sino esencial: ¿puede hablarse de elección popular cuando el ciudadano no tiene opción entre proyectos políticos diferentes?
Mientras el discurso oficial insiste en una imagen de estabilidad y respaldo mayoritario, la realidad cotidiana muestra una sociedad sometida a tensiones crecientes: protestas dispersas pero recurrentes, un éxodo migratorio sostenido que vacía al país de su fuerza laboral más joven, deterioro constante de los servicios básicos, inflación y crisis energética prolongada. Estos elementos no son episodios aislados, sino síntomas de un agotamiento estructural del modelo económico y político.
Sin cuestionamientos
En este contexto, la entrevista funciona menos como un espacio de interrogación crítica y más como una plataforma de exposición del discurso oficial. El periodista Andrés Gil adopta un enfoque de baja confrontación, permitiendo que afirmaciones de alto contenido político se expresen sin el contraste suficiente con datos empíricos o con la experiencia social observable dentro del país.
Díaz-Canel atribuye de forma central las dificultades de Cuba a factores externos, en particular al embargo estadounidense. Sin embargo, esa explicación única desplaza del análisis los factores internos: la rigidez del modelo económico, la centralización extrema de las decisiones productivas, la ausencia de mecanismos de corrección institucional y la falta de incentivos para la iniciativa individual y colectiva.
El resultado es un discurso donde el gobierno aparece simultáneamente como víctima de una agresión externa y como garante absoluto del orden interno, incluso cuando los indicadores sociales y económicos muestran un deterioro persistente.
Ni la lógica funciona con el régimen
Pero la cuestión decisiva no es discursiva, sino política. Si el respaldo popular es tan sólido como se afirma, la lógica democrática elemental conduciría a abrir el sistema a la competencia de proyectos políticos, al pluralismo real y a mecanismos de control ciudadano efectivos. La persistencia de un modelo cerrado plantea, por sí misma, interrogantes sobre la naturaleza de esa legitimidad invocada.
La entrevista, en lugar de despejar esas dudas, las profundiza. Lo que emerge no es una imagen coherente del país, sino una brecha cada vez más visible entre el relato institucional y la experiencia social de la población.
Esa brecha, más que cualquier declaración puntual, es el núcleo del problema político cubano contemporáneo.
Hoy Cuba no es una abstracción ideológica ni un debate teórico: es un país real donde millones de personas sobreviven entre carencias, apagones, salarios insuficientes y un éxodo constante que desgarra el tejido social.
Y cuando un sistema político necesita sostener su legitimidad negando esa realidad, entonces ya no estamos ante una discusión sobre modelos, sino ante una evidencia histórica difícil de ocultar: un país que se sostiene en el discurso, mientras su pueblo carga con el peso cotidiano de una crisis que no da tregua.






