
La Habana brinda en silencio por el fracaso de Islamabad (mientras el castrismo se aferra al reloj)
Por Max Astudillo ()
La Habana.- En los sótanos del poder cubano nadie lo dirá en voz alta, pero el fracaso de las conversaciones de paz entre Irán y Estados Unidos en Islamabad ha sido recibido como una bendición discreta, casi íntima. Porque los cabecillas del régimen, esos viejos estrategas del tiempo, saben que mientras Washington tenga un frente abierto en Oriente Medio, el Caribe volverá a ser ese rincón olvidado del mapa donde ellos pueden seguir gobernando sin la molesta luz de los reflectores imperiales.
No lo celebran con ron ni con cohetes, claro está, pero en sus despachos de La Habana se permite una sonrisa seca, de las que solo entienden los que han aprendido a sobrevivir gracias al error ajeno.
La tesis es tan simple como cínica: mientras Irán mantenga ocupada a la administración Trump con sus centrifugadoras y su estrecho de Ormuz, la Casa Blanca tendrá poco tiempo para pensar en la isla. Y lo que mejor sabe hacer el castrismo no es administrar, ni producir, ni siquiera reprimir con eficacia. Lo que mejor sabe hacer es ganar tiempo. Han pasado más de sesenta años perfeccionando ese arte: alargar, posponer, desgastar, esperar que el adversario se canse, se distraiga o simplemente muera. Irán, sin saberlo, se ha convertido en su mejor aliado de sobremesa.
La apuesta, por supuesto, es suicida a largo plazo, pero eso a los señores del Palacio de la Revolución no les importa. Ellos solo necesitan llegar vivos a octubre, cuando se celebren las elecciones legislativas en Estados Unidos. Su esperanza secreta es que Donald Trump pierda el control del Congreso, o mejor aún, que salga escaldado. Porque piensan, con esa arrogancia que solo dan décadas de impunidad, que cualquier otro presidente demócrata —o un Trump debilitado— volverá a mirar para otro lado, como hizo Obama, como hizo Biden, como han hecho casi todos hasta que alguien se acordó de poner el foco sobre la dictadura más longeva de América.
El castrismo está sentenciado
Pero aquí está el detalle que ni los asesores del Kremlin ni los nostalgas del socialismo real quieren ver: el castrismo está sentenciado. No por Washington, no por la oposición interna, sino por su propia podredumbre estructural.
Pueden ganar semanas, meses, tal vez un par de años más gracias al escudo iraní, pero su modelo es un cadáver que se niega a caer. La juventud cubana ya no cree en sus consignas, la economía es un espejismo sostenido con remiendos y donaciones, y la diáspora sigue creciendo. Ganar tiempo, en este contexto, no es una victoria: es simplemente aplazar la ejecución.
Así que mientras Teherán y Washington se culpan mutuamente por el desastre de Islamabad, en La Habana se frotan las manos con esa elegancia de quien sabe que su única arma ya no es el fusil ni la palabra, sino el reloj.
Pero los relojes, amigos míos, siempre terminan por marcar la hora correcta. Y cuando eso pase, ningún escudo persa ni ninguna distracción geopolítica podrá salvar a unos pocos que llevan demasiado tiempo gobernando en un país que ya no les pertenece. El tiempo, ese viejo cómplice, será al final su peor verdugo.



