Por Yoyo Malagón ()
Madrid.- Nadie, oiga, nadie con dos dedos de frente va a dar esta eliminatoria por liquidada porque esto es la Champions y el fútbol tiene la mala costumbre de morderte el culo justo cuando te pones a silbar. Pero que nadie se engañe tampoco: lo que firmó el Atlético en el Camp Nou no fue un simple triunfo, fue una declaración de intenciones con sello notarial.
La tropa de Flick se quedó a cero, y eso que lo intentó con la desesperación del que sabe que se le va la vida en el intento. El 0-2 invita al optimismo rojiblanco, sí, pero ojo, que esto no es un cheque al portador; la clasificación se resolverá el martes en el Metropolitano, y allí, querido lector, el Barcelona va a necesitar más que casta y buenas intenciones. Va a necesitar un milagro de esos que ya no se fabrican ni en serie.
Porque el primer gol llegó de la chistera de La Araña, ese Julián Álvarez que puso la pelota donde las telarañas apenas se atreven a tejer. El partido era un correcalles vertiginoso, con Rashford probando a Musso, con Lamine haciendo virguerías que se perdían en malos pases, con Cancelo y el inglés topándose una y otra vez con el larguero o con las manoplas del portero.
Y entonces, cuando el Barça ya olisqueaba el descanso con la falsa sensación de control, apareció el argentino para conducir la pelota entre rivales, soltar un servicio vertical que Giuliano convirtió en derribo de Cubarsí, y el ínclito Kovacs, que andaba de bueno, mostró amarilla cuando desde la pantalla entera se le reclamaba la roja. El Barça se quedó con diez sobre el papel, pero con la sensación de haber perdido algo más: la fe. Y La Araña, desde la falta al borde del área, la puso en la escuadra. Giro de guion, sí, pero de esos que duelen.
Flick movió el banquillo, pero no sirvió
El fútbol escribe su propio guion, y esta versión moderna de calendario extenuante y lesiones musculares no deja títere con cabeza. Flick hubiera querido a Raphinha por la izquierda, a De Jong o Bernal de faro, y seguramente hubiera evitado el accidente de última hora que sacó a Fermín del once.
Simeone, por su parte, hubiera preferido que Pubill no llegara con el gancho, un doble pivote con Cardoso y Barrios, y Llorente más retrasado. Pero el fútbol escribe su propio guion, y nunca se va a repetir lo suficiente que, entre unas cosas y otras, el Atlético gestionó fatal la lesión de Hancko sobre la media hora, dejando al equipo rojiblanco con uno menos en un intervalo que pudo ser un desastre. No lo fue porque Koke se ganó una tarjeta, Simeone dejó años de vida en el banquillo, y el Barça, tras ese único periodo valle, volvió a danzar en el área con Lamine como único faro en la tormenta.
Flick hizo un movimiento inquietante en el descanso: Gavi y el maltrecho Fermín por Lewandowski y Pedri. Piernas frescas, entusiasmo, casta. Y durante un buen rato aquello resultó, porque el Atlético apostó por el resultado antes que por la superioridad y se arrinconó.
Lamine puso un exterior para que Rashford se quedara sin hueco tras quebrar a Musso, después el inglés topó otra vez con el portero y con el larguero, prácticamente desde el mismo sitio que Julián, también en golpe franco. Pero el Barça tuvo casta, sí, mucha casta, pero esta vez lo abandonó el remate.
Sorloth volvió a ser decisivo
Y entonces Simeone tomó cartas en el asunto: Baena y Sorloth al campo. El español, demasiado caliente de salida; el noruego, demasiado frío. Pero con los minutos ganaron peso, y cuando Griezmann aclaró la jugada y Ruggeri puso la pelota desde la izquierda, Sorloth apareció de refresco para embocar la única que tuvo su equipo. La contundencia, esa que tantas veces ha echado de menos el Cholo, apareció en el momento justo.
El resto fue una jaimitada de Pubill que pudo costar penalti y un Lamine contra el mundo en el que salió ganando el mundo. Porque el Barça lo intentó, se dejó los pulmones, pero el fútbol, a veces, es tan cruel como justo. El Cholo ya ha ganado en el Camp Nou, el tipo cobra todas sus deudas, pero la trilogía no ha concluido aún.
Sin embargo, que nadie se llame a engaño: remontar un 0-2 en el Metropolitano no es cuestión de fe ni de épica barata. Es cuestión de aguantar la embestida inicial, de sobrevivir a la primera falta que te parta la moral, de marcar tres goles en un campo donde el rival se alimenta de tu desesperación.
El Atlético no es el Nápoles ni el PSG de turno; es un mazazo con patas, y su estadio, una olla a presión donde los sueños culés van a llegar cadáveres. Así que, por favor, que nadie saque el discurso de la remontada. Porque esta vez, querido lector, el único que va a remontar es el Cholo hacia las semifinales.
Post Views: 7