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Por Sergio Barbán Cardero ()

Miami.- La pregunta la formula Pablo Iglesias en la entrevista con el impuesto presidente de Cuba. Y la respuesta de Miguel Díaz-Canel no solo es reveladora… es alarmante.

“¿Ellos qué quieren? ¿Ellos qué piden?”

— “Todavía ese momento no se ha llegado…”

Detengámonos ahí. Estamos ante un “jefe de Estado” que admite, sin rubor, que ha iniciado conversaciones sin saber sobre las demandas de la otra parte. Es decir, no hay agenda, no hay términos definidos, no hay objetivos concretos… pero ya hay “proceso”. Y entonces viene lo más llamativo:

— “si hay disposición, poder entonces concluir una agenda… que pueda llegar a negociar…” No se entiende el cantinfleo. Pero traducido al lenguaje real: primero hablamos… después vemos de qué vamos a hablar… y luego, quizás, negociamos. Eso es improvisación elevada a política de Estado.

Pero el guion continúa. Habla de “operadores internacionales” que han facilitado el proceso… pero no puede decir quiénes son. No porque no existan canales discretos, (que los hay en cualquier negociación seria) sino porque el argumento de la “discreción” aquí funciona como coartada perfecta: no se puede verificar, no se puede contrastar, no se puede cuestionar. La opacidad como método. La ambigüedad como escudo. Y todo envuelto en palabras solemnes: “seriedad”, “responsabilidad”, “proceso sensible”.

Sin embargo, lo esencial sigue ausente: ¿qué se está negociando? ¿en nombre de quién? ¿con qué mandato?

Así que ‘no se sabe’

Y aquí es donde el argumento oficial se derrumba por completo. Porque si el problema es que “no se sabe” qué quiere la otra parte, entonces hay que decirlo alto y claro: SÍ SE SABE. Lo que no se quiere es reconocerlo.

Las demandas no vienen solas, ni principalmente del gobierno de Estados Unidos. Vienen de los propios cubanos. De una generación joven, dentro y fuera de la isla, que se cansó, que perdió el miedo y que lleva años diciendo lo mismo: cambios reales, participación, derechos. Iniciativas como El 4Tico, Fuera de la Caja, o voces como Ana Sofía; junto a miles que se han manifestado desde julio de 2021 hasta hoy, no están pidiendo imposibles. Están exigiendo lo básico.

Muchos de esos jóvenes hoy pagan ese atrevimiento con largas condenas. Haay menores de edad, hay madres separadas de sus hijos. Ahí está el caso de Lisandra Góngora, madre de cinco niños, cumpliendo prisión lejos de su familia, en Los Colonos, en la Isla de la Juventud. No están pidiendo privilegios. Están reclamando algo mucho más simple… y mucho más incómodo para el poder: ser parte del país en el que viven.

Y esos reclamos vienen también del exilio cubano, que durante décadas ha estructurado esas demandas incluso dentro del marco legal estadounidense, como recoge la ley presentada y aprobada en el Congreso de Estados Unidos, «la Ley de la Libertad y la Democracia para Cuba.

Democracia, DDHH

Reducido a lo esencial, lo que se ha pedido durante años es muy simple: es exactamente lo mismo que esos supuestos defensores de la democracia disfrutan en sus propios países, libertades, derechos y elecciones libres, pero que, cuando miran hacia Cuba, prefieren ignorar, es ahí es donde entra la hipocresía de estos progres. Porque figuras como Pablo Iglesias viajan, disfrutan, opinan y señalan… pero evitan cuidadosamente mencionar al verdadero responsable de la miseria del pueblo cubano.

Hablan de diálogo… pero callan sobre la falta de libertad. Y ese silencio, también es complicidad.

Sea quien sea quien dialogue con el régimen cubano, cualquiera que ponga voz a los cubanos amordazados. Y para que Miguel Díaz-Canel no diga que no sabe, aquí va lo que se quiere discutir: Apertura democrática real, respeto efectivo a los derechos humanos, elecciones libres y pluralismo político. Nada de eso es un misterio. Nada de eso es nuevo.

Por eso, cuando se afirma que aún no se sabe qué quiere la otra parte, lo que realmente se está diciendo es otra cosa: NO SE QUIERE ESCUCHAR. Y ahí está la verdadera desconexión. No es solo una frase, es la radiografía de un poder que negocia a ciegas… porque lleva años gobernando de espaldas a su propio pueblo. Porque al final, la pregunta no es: ¿qué quiere Estados Unidos?

La pregunta es mucho más incómoda: ¿qué están dispuestos a concederle, por fin, a los cubanos?

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