La miseria como parque temático y la dictadura como agencia de viaje (I)

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Por Eduardo Díaz Delgado ()

Madrid.- Hay algo particularmente inmoral en convertir el sufrimiento de un pueblo en una experiencia política para visitantes. No es solo cinismo ni oportunismo. Es una forma de saqueo moral. Cuba, para esa flotilla y para toda esa fauna de activistas, influencers, politiqueros y turistas ideológicos, deja de ser un país real para convertirse en un decorado, escenario de ruinas útiles y un museo viviente del fracaso socialista, donde se entra con credencial de sensibilidad, se posa con cara de compromiso, se reparten migajas, se producen imágenes y luego se vuelve a casa con la conciencia perfumada de solidaridad.

Ese es el primer crimen de todo este espectáculo: no vienen a mirar a Cuba, vienen a usarla. La usan como fondo moral, como atrezzo histórico, como paisaje simbólico para darse importancia. Cuba no les duele como nación concreta, con personas concretas, con responsabilidades concretas. Les sirve como postal.

Les sirve como una reserva espiritual de una épica que en sus países no pueden vivir, donde la austeridad romántica solo convence cuando la sufre otro. Entonces vienen aquí, al lugar donde el desastre todavía conserva su estética. Donde el edificio roto tiene valor simbólico, donde el apagón todavía puede ser interpretado como resistencia y la escasez puede ser maquillada como dignidad. Donde una anciana desnutrida frente a un televisor apagado no es una víctima del sistema, sino una pieza visual de una narrativa antiimperialista que les produce placer ideológico.

Eso es pornomiseria política. No la miseria mostrada para denunciarla y desmontar al responsable, sino la miseria exhibida como fetiche, como mercancía emocional, como experiencia inmersiva para extranjeros que necesitan sentirse parte de algo trascendente sin pagar el costo real de ese drama.

Tiene la misma lógica del turismo más vulgar, pero vestida de conciencia social. Se viaja a la ruina, se consume la ruina, se fotografía, se interpreta y se regresa al país de origen con el alma satisfecha por haber “estado del lado correcto de la historia”. Aunque ese lado, en la práctica, haya sido el del opresor.

Cuando conviertes la miseria en experiencia, dejas de estar del lado de quien la sufre. Cuba, en todo esto, deja de ser un país… y pasa a ser un escenario..

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