Por Albert Fonse ()
Vancouver.- Abogo por la eliminación total de las fuerzas militares cubanas como condición necesaria para una Cuba libre sin dictadura. No tener ejército no debilita a un país como Cuba, lo libera. Le quita un peso económico, político y social que durante décadas ha frenado su desarrollo y ha servido más para controlar que para proteger.
La primera ventaja es económica. Mantener un aparato militar consume recursos enormes que no generan riqueza. Al eliminarlo, ese dinero se redirige directamente a infraestructura, salud, educación, energía y producción. Es un cambio inmediato en la capacidad del país para crecer y mejorar la vida de la gente.
La segunda ventaja es la estabilidad interna. Sin un ejército con poder político, desaparece el principal instrumento que permite imponer o revertir sistemas por la fuerza. Eso reduce el riesgo de golpes, retrocesos o manipulaciones desde estructuras armadas. El poder deja de depender de quién controla las armas y pasa a instituciones civiles.
La tercera ventaja es social. Se elimina el servicio militar obligatorio, lo que libera a miles de jóvenes que hoy pierden tiempo en una estructura improductiva. Esa energía pasa a la economía real: más trabajadores, más estudiantes, más emprendedores. Es un impulso directo al desarrollo.
Sin ejército el entorno es más atractivo
La cuarta ventaja es operativa. La seguridad real de un país como Cuba no depende de tanques ni de guerra convencional. Depende de orden interno y respuesta a emergencias. Una policía profesional, bien equipada y enfocada en la ley, junto a bomberos modernos y preparados, cubre de forma más eficiente las necesidades reales del país.
En el plano externo, la defensa aérea y marítima puede quedar en manos de los Estados Unidos para cualquier escenario bélico, garantizando protección sin necesidad de mantener un ejército propio. Para amenazas como el narcotráfico o la piratería, fuerzas policiales navales cubanas pueden operar y coordinarse directamente con las estadounidenses, logrando mayor efectividad con menos costo y sin militarizar el país.
La quinta ventaja es estratégica. Un país sin ejército reduce tensiones externas, elimina percepciones de amenaza y se convierte en un entorno más atractivo para inversión, turismo y cooperación internacional. La confianza internacional aumenta cuando no existe una estructura militar politizada.
Los ejemplos de Japón y Alemania
Tras la desmilitarización del ejército y una depuración real de las fuerzas policiales, muchos oficiales militares pueden ser reubicados e incorporados a las nuevas estructuras de seguridad interna. No se trata de desechar experiencia, sino de reconvertirla bajo nuevos principios: subordinación a la ley, respeto a los derechos ciudadanos y funciones estrictamente civiles. Aquellos que cumplan con estos estándares pueden integrarse a cuerpos policiales profesionales, aportando disciplina y conocimiento, pero dentro de un marco completamente distinto al que existía bajo el aparato militar.
El precedente más sólido es que tras la Segunda Guerra Mundial, Japón y Alemania quedaron completamente devastados, con sus ciudades destruidas, sus economías colapsadas y millones de personas en condiciones críticas. La desmilitarización los obligó a abandonar el enfoque bélico y a redirigir todos sus recursos hacia la reconstrucción, la industria, la tecnología y la estabilidad institucional. Al eliminar el peso del militarismo, ambos países concentraron su esfuerzo en producir, innovar y crecer. Ese cambio no fue simbólico, fue estructural: pasaron de la destrucción total a convertirse en potencias económicas globales, demostrando que cuando un país deja de invertir en guerra y apuesta por el desarrollo, los resultados son visibles y sostenidos en el tiempo.
No tener ejército en el caso cubano no es una debilidad, es una ventaja estructural. Es eliminar la herramienta que durante décadas ha sostenido el control y convertir esos recursos en desarrollo. Es garantizar que el poder no vuelva a depender de las armas, sino de las instituciones y de la gente. Es pasar de un modelo de control a un modelo de desarrollo.



