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Por Ulises Toirac ()
La Habana.- Hay dos cosas que me han acompañado toda la vida, no sé si como lazarillos o como amigotes de juerga: los problemas respiratorios, y las soluciones insospechadas.
De las últimas, tengo que confesar que no siempre se han debido a mi propia voluntad. Por más que «pensar fuera de la palangana» me ha servido para hallar respuestas, lo cierto es que más veces que las que hubiera querido, esas respuestas fueron las únicas posibles, de manera que no me las puedo atribuir como «logros de mi cosecha». De lo que sí puedo vanagloriarme es de meterme en camisa de once varas hasta por gusto. El espíritu malsano que tengo de no preguntarme primero si podré dominar una esfera o especialidad, me lleva a encontrarme muchas veces, de repente, en un marabuzal.
Y de mi sistema respiratorio ni qué hablar. Soy un asmático convicto y confeso desde muy temprano en la vida. De hecho, es en los últimos años que más que crisis, tengo esa latencia respiratoria que a veces sobresale solo para recordarme que no tengo pulmones de mi edad, sino como de quince años más.
Hubo dos paros respiratorios de los que no tengo recuerdos, ni gratos ni desagradables, porque sencillamente yo no estaba. Yo andaba en ese planeta en que pone la falta de oxígeno en el cerebro. Pero había una manera de aquilatar mis crisis. Si usted quería saber si yo andaba muy mal con el asma, no fallaba: mientras más jodedor, más jodido. No he soportado nunca que, ahogao y sudoroso, la gente me mirara con lástima.
Lo otro que me ha acompañado es el tratar de verle los dientes a la realidad, la parte risible. Quizás como mecanismo de defensa o porque creo que de otra manera resuelvo menos. Lo cierto es que me concentro más en encontrar la raíz del absurdo que en perderme en lamentos.
Así que la manera en que nací no pudo haber sido más vaticinadora. Imagino que es crucial en los momentos del parto, lograr inaugurar las vías respiratorias. Cambiar de anfibio a aeróbico debe ser uno de los saltos más dramáticos que sufren los seres humanos. De toda la vida, no solamente en esos instantes. Así que lo de las palmaditas en las nalgas para estimular el llanto y con ello, el comienzo de la utilización del sistema respiratorio, es, en medio de otros procedimientos rápidos y todos vitales, un punto con acento.
Contaba mi madre (yo estaba pero siempre preferí que fuera ella la que lo contara), que me alzaron sosteniéndome por las pantorrillas y ¡venga! las nalgadas —que en mi caso hubo que guiarse por las proporciones del cuerpo, porque siempre ha estado la región geográfica, pero jamás el accidente como tal— y un par de segundos de silencio, tras los cuales mi cuerpecito, chorrrando líquidos aún, se contrajo rápidamente para luego estornudar.
El doctor sonrió aliviado y entregándome a mi madre le dijo:
— ¡Anda! ¡Estornudó! Eso es mejor que el llanto.
Y yo lo sabía. Mejor que llorar es cualquier cosa.