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Por Oscar Durán
La Habana.- Donald Trump habla de Cuba un día sí y al otro también. La menciona en discursos, en entrevistas, en cualquier escenario donde tenga un micrófono delante. Y del otro lado del estrecho de la Florida, silencio. Un silencio que llama poderosamente la atención.
Hace apenas unos años bastaba con que un presidente de Estados Unidos mencionara la C de Cuba para que el periódico Granma amaneciera con un editorial encendido denunciando al “imperialismo yanqui”. Hoy no. Hoy la dictadura parece haberse quedado sin voz.
Trump ha dicho cosas que, en otro momento, habrían provocado una tormenta propagandística en La Habana. “Si tengo que intervenir en Cuba, lo haré”, soltó sin muchos rodeos. Una frase de alto voltaje político. Sin embargo, el régimen ha optado por mirar hacia otro lado, como si nada hubiera ocurrido. Ni comunicado oficial, ni Mesa Redonda, ni una perorata de Díaz-Canel en X. Nada. Un mutismo que contrasta con décadas de retórica inflamatoria.
Mientras tanto, Trump sigue jugando su partida con una tranquilidad pasmosa. Aviones espías estadounidenses han sido detectados merodeando el espacio cercano al territorio cubano y, aun así, el gobierno cubano permanece callado.
En otros tiempos, aquello habría sido presentado como una “provocación imperialista” y utilizado para movilizar a todo el aparato propagandístico del Estado. Hoy, en cambio, reina una calma sospechosa.
La pregunta entonces es inevitable: ¿por qué calla la dictadura? Tal vez porque sabe que no está en condiciones de sostener otro pulso con Washington. El país está hundido en una crisis económica sin precedentes, con apagones interminables, escasez de combustible y una población cada vez más desesperada. En ese escenario, abrir un frente retórico con Trump podría ser un lujo que el régimen no puede permitirse.
Lo cierto es que Trump parece haber encontrado una forma muy peculiar de tratar al gobierno cubano: hablar fuerte mientras La Habana guarda silencio. Eso, en política, cuando uno habla y el otro calla, la sensación que queda es clara. El primero marca el ritmo del juego. El segundo apenas intenta sobrevivir.