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En 1946, tras el final de la Segunda Guerra Mundial, los líderes del régimen nazi que habían sobrevivido fueron llevados ante el Tribunal Militar Internacional de Núremberg. Allí se celebró uno de los juicios más importantes del siglo XX.
Por primera vez en la historia moderna, dirigentes de un Estado eran juzgados internacionalmente por crímenes contra la humanidad, crímenes de guerra y por haber organizado una guerra de agresión.
Cuando se dictaron las sentencias, varios de los altos mandos nazis condenados a muerte hicieron una última petición.
Querían ser ejecutados por fusilamiento.
Para muchos de ellos, especialmente para figuras militares como Wilhelm Keitel, morir ante un pelotón de fusilamiento era una muerte “de soldado”. Consideraban que la horca era una forma de castigo reservada para criminales comunes.
Los jueces aliados rechazaron la solicitud.
La decisión tenía un significado simbólico. Los tribunales querían dejar claro que aquellos hombres no eran héroes militares derrotados en combate, sino responsables de atrocidades masivas, incluido el Holocausto.
La ejecución fue fijada para la noche del 16 de octubre de 1946.
En una sala del complejo penitenciario de Núremberg se instaló el patíbulo. El encargado de realizar las ejecuciones fue el verdugo estadounidense John C. Woods.
Sin embargo, uno de los principales condenados nunca llegó a la horca.
Hermann Göring, uno de los líderes más poderosos del régimen nazi y antiguo jefe de la Luftwaffe, logró suicidarse pocas horas antes de su ejecución. En su celda ingirió una cápsula de cianuro que había conseguido ocultar, aunque nunca se esclareció del todo cómo logró introducirla bajo una vigilancia tan estricta.
Murió antes de que llegara su turno en el patíbulo.
Esa misma noche, los otros diez condenados a muerte fueron ejecutados.
Tras las ejecuciones, los cuerpos fueron cremados. Las cenizas fueron dispersadas en el río Isar, cerca de Múnich. La intención era evitar que existieran tumbas o lugares que pudieran convertirse en sitios de homenaje para simpatizantes del régimen.
Con aquellas ejecuciones concluyó la etapa final de los juicios de Núremberg iniciados en 1945.
Más allá de las sentencias, los juicios marcaron un precedente histórico: establecieron el principio de que los líderes políticos y militares pueden ser responsabilizados internacionalmente por crímenes cometidos contra la humanidad.