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Por Jorge Sotero ()
En La Habana, y en tantas ciudades cubanas, se ha instalado una imagen que empieza a volverse paisaje cotidiano: una esquina con una hoguera, vecinos alrededor, y una columna de humo negro que asciende como una firma en el cielo. Quemar basura en la vía pública se ha convertido en la solución de emergencia para un sistema de recogida que hace agua por todas partes. Pero lo que no entra en el camión, termina entrando en los pulmones. Y ahí, el problema no se elimina: se transforma en algo más invisible… y mucho más peligroso.
El humo que flota sobre las calles habaneras no es inocente. En esa hoguera improvisada no arden solo hojas secas o cartones. Arden plásticos de todo tipo, restos de baterías, textiles sintéticos, envases de productos químicos, a veces hasta residuos médicos domésticos. Cuando todo eso se quema sin control técnico, el cuerpo paga el precio. Dioxinas, furanos, partículas finas que se cuelan hasta lo más profundo de los pulmones, metales pesados que flotan en el aire y se depositan en la sangre. Lo que en una ciudad densa significa una cosa: crisis asmáticas, bronquitis que no terminan de curarse, corazones que se cansan antes de tiempo. El humo no pide permiso para entrar.
Pero el daño no se queda en el pecho de la gente. Se esparce, se hunde en la tierra, se pega a las paredes. Las cenizas tóxicas viajan con el viento y se posan sobre los suelos, contaminan lo que tocan, se filtran en las aguas superficiales cuando llega la lluvia. Y mientras tanto, el carbono negro que escapa de esas hogueras sigue su viaje hacia la atmósfera, sumando su granito de arena al desarreglo climático del planeta. No es incineración industrial, con filtros y cámaras de combustión. Es fuego crudo, sin control, sin conciencia. Y el medioambiente lo anota en la columna de las deudas.
El peligro, además, no se queda en lo químico. El fuego, cuando se enciende en una esquina cualquiera, no reconoce límites. Una chispa, un descuido, y las llamas saltan a una fachada, a un poste eléctrico, a un tendedero. En barrios donde las construcciones son viejas y las instalaciones eléctricas también, ese riesgo puede convertirse en tragedia en cuestión de minutos. Y mientras el fuego avanza, el humo sigue su curso, marcando el territorio con su presencia densa y venenosa.
Luego está lo que no se ve a simple vista, pero pesa. Lo que cuesta después. Más enfermedades significan más presión sobre un sistema de salud que ya trabaja al límite. La imagen urbana se deteriora, y con ella, la percepción de quienes podrían venir a conocer la ciudad, a gastar en ella, a dejarse seducir por su luz. Las fachadas se manchan, el patrimonio arquitectónico se resiente, y la limpieza posterior —si es que llega— consume recursos que podrían haberse usado en otra cosa. Quemar basura es caro, aunque parezca gratuito.
Y en el fondo, lo que arde no es solo residuo. Arde también un pedazo de confianza. La señal que se manda, hacia dentro y hacia fuera, es que el sistema no puede con lo básico. Que la gestión se resuelve con improvisación, que el costo de lo que no funciona lo paga la gente, que la emergencia se ha vuelto rutina. Quemar basura no resuelve la acumulación futura, no construye un sistema sostenible, no alivia la falta de combustible para los camiones. Es una solución de emergencia que, si se prolonga, se convierte en un problema estructural con patas cortas. Y entonces, lo que empezó como un paliativo, termina siendo parte del diagnóstico.