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Cuando tu mayor rival te salva para seguir matándote

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Si creías que la rivalidad entre Goku y Vegeta o la de Messi y Cristiano era intensa, es que no conoces a Takeda Shingen y Uesugi Kenshin. Estos dos no solo competían; vivían el uno para el otro. Se enfrentaron cinco veces en la llanura de Kawanakajima, pero fue la cuarta batalla (1561) la que pasó de ser una simple guerra a convertirse en una leyenda de las que te dejan la piel de gallina.

Lo primero que hay que entender es que estos dos tipos eran personajes de cuidado. Ambos se hicieron monjes budistas, se raparon la cabeza y cambiaron sus nombres, pero no para buscar la paz espiritual, sino porque en el Japón del siglo XVI, el hábito sí hacía al monje… un monje con licencia para matar.

Shingen (El Tigre de Kai): Un genio de la administración pero un «pieza» de manual. Exilió a su propio padre, obligó a su sobrina a casarse con él tras matar a su padre (el de ella) y le ordenó el suicidio a su propio hijo por sospechar una traición. Un tipo encantador, vamos.

Kenshin (El Dragón de Echigo): Vendido como el «perfecto caballero», un pío seguidor del dios de la guerra. Pero no nos engañemos: era un oportunista brillante que sabía cuándo sacar la katana para expandir su «iluminación» a golpe de acero.

En mitad del caos de la cuarta batalla de Kawanakajima, ocurrió lo imposible. Kenshin, el Dragón, montado en su caballo y envuelto en una capucha blanca de monje, rompió las líneas enemigas y cargó directamente contra el puesto de mando de su rival. Shingen estaba sentado en su taburete de campaña, tan tranquilo (o tan sorprendido) que no tuvo tiempo de desenvainar. Kenshin le lanzó tres tajos mortales con su katana. ¿Qué hizo el Tigre? Usó lo único que tenía a mano: su tessen (abanico de guerra de acero). Detuvo los golpes a escasos centímetros de su cuello, haciendo saltar chispas entre el papel reforzado y el filo de la espada. Fue un duelo de segundos que parece sacado de una película de Tarantino, pero con más clase.

La guerra por la sal

Nota de honestidad: Algunos historiadores dicen que pudieron ser sus «kagemusha» (dobles de cuerpo), porque eso de que los dos jefes se encuentren en el barro es muy de película, pero la imagen de la katana chocando contra el abanico es demasiado épica para dejarla fuera.

El talón de Aquiles de Takeda Shingen era la geografía. Su provincia, Kai, estaba rodeada de montañas y no tenía salida al mar. En el siglo XVI, sin neveras, la sal no era un condimento; era supervivencia. Era la única forma de conservar alimentos para el invierno y para alimentar a un ejército en marcha. Sin sal, la gente moría. Al sur de las tierras de Shingen había otros dos clanes poderosos: los Hojo y los Imagawa.

Estos dos pensaron que enfrentarse al «Tigre de Kai» en combate abierto era mala idea, así que optaron por una estrategia de asfixia: un embargo total de sal. Cortaron las rutas comerciales. No era una táctica militar; era una sentencia de muerte lenta para toda la población de Kai, no solo para los soldados. Una jugada de rata de alcantarilla, militarmente hablando.

Cuando Kenshin se enteró de que los clanes del sur estaban matando de hambre a su rival Shingen, no se alegró. Se puso furioso. Aquello era un insulto al arte de la guerra. Él quería derrotar a Shingen en el campo de batalla, mirándole a los ojos, no verle morir de escorbuto porque unos cobardes le habían cerrado el grifo de la sal. Su lógica era: «Si Shingen muere de hambre, ¿con quién demonios voy a pelear yo?».

¿Sal al enemigo?

Kenshin tomó una decisión que dejó a sus propios generales con la boca abierta. Escribió una carta a Shingen. No se conservan las palabras exactas, pero el mensaje ha pasado a la historia con una frase lapidaria atribuida a Kenshin: «Las guerras se ganan con espadas y lanzas, no con arroz y sal». Acto seguido, Kenshin ordenó abrir sus propias rutas comerciales y envió caravanas de mercaderes desde su provincia costera hacia las montañas de Kai. ¿Lo mejor? Ordenó que la sal se vendiera a un precio justo, prohibiendo a sus mercaderes aprovecharse de la desesperación del enemigo para inflar los precios. Le salvó la vida a su peor enemigo y a toda su gente.

Este es el origen del dicho japonés «Teki ni shio o okuru» (敵に塩を送る), «enviar sal al enemigo», que simboliza la nobleza, el juego limpio y la caballerosidad.

Si esperas que después de esto se dieran un abrazo y firmaran la paz, te equivocas de siglo. Shingen recibió la sal, agradeció el gesto… y la guerra continuó exactamente donde la habían dejado. Volvieron a intentar matarse mutuamente en Kawanakajima poco después. El suministro de sal solo garantizó que ambos ejércitos estuvieran en plena forma para seguir despedazándose con honor.

Sin embargo, el respeto era real. Se dice que cuando Takeda Shingen murió años después por enfermedad, Uesugi Kenshin lloró al enterarse de la noticia, lamentando la pérdida del único rival que estaba a su altura. Y para rematar su código de honor, prohibió a sus generales atacar las tierras de los Takeda mientras estuvieran de luto.

En un mundo moderno lleno de puñaladas traperas, recordar que hasta los señores de la guerra feudales tenían líneas rojas es, cuanto menos, refrescante.

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