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Por Padre Alberto Reyes ()

Camagüey.- La corteza prefrontal fue un gran invento del Creador. Es el filtro entre lo que bulle en nuestro cerebro y lo que decidimos compartir. Además, es la estructura que nos permite elegir ser “políticamente correctos”. Pero hoy voy a desconectar mi corteza prefrontal, y voy a hablar sin filtros.

Hay muchos medios que se han hecho eco de la “alarma” ante “la creciente escalada de tensión entre los Estados Unidos y Cuba”. Es una frase elegante para “denunciar” el abuso del gigante del Norte sobre la pequeña e indefensa isla del Caribe.

Pero esos medios sólo ven la situación a nivel de gobiernos, y se olvidan por completo de una tercera variable: el pueblo de Cuba. Desde hace muchos años, el pueblo de Cuba no se identifica con el gobierno de Cuba.

Si los Estados Unidos tomaran una acción tipo Venezuela contra Noruega, el pueblo y el gobierno de Noruega podrían considerarse como un todo. Sin embargo, en el caso de Cuba no es así.

Somos un pueblo secuestrado, sometido, maniatado por los que ejercen el poder. Somos un pueblo que lleva años intentando, desde la vulnerabilidad, poner fin a décadas de represión y miseria. Además, nos incomoda sobremanera, por no usar palabras soeces, que los mismos que hoy condenan como dictadores a Stroessner, a Pinochet o a Franco, parecen no darse cuenta de que, desde 1959, en Cuba hay un sistema dictatorial, represor, opresivo. Es un sistema en el cual ellos no vivirían nunca, ni llevarían nunca a vivir allí a sus hijos.

Porque las dictaduras, recordémoslo, florecen tanto en la Derecha como en la Izquierda.

Y ahora, cuando desde los Estados Unidos se alzan voces pidiendo la libertad para el pueblo cubano, resulta que eso es abuso e interferencia en la soberanía.

La hipocresía a otra parte

Para empezar, el pueblo cubano no tiene la culpa de los complejos antinorteamericanos. Por otro lado, el que los tenga, que los canalice de otro modo y no anteponiendo su ideología al hambre y a la miseria de todo un
pueblo.

Es más, esta sería precisamente la hora de secundar la propuesta de los Estados Unidos, y de demostrar que las naciones que se autoproclaman democráticas tienen la decencia y el valor de defender la libertad y la verdadera soberanía de la gente de a pie. Son aquellos a los cuales sus gobiernos han hecho sus rehenes.

Por otro lado, no seamos hipócritas. En la victoria sobre los alemanes en la Segunda Guerra Mundial, por poner un ejemplo, fue decisiva la intervención norteamericana. Es un gesto que nadie se molesta encriticar.

Mi metáfora es esta: si yo tuviera un hijo de ocho años, y otro niño de su edad, estatura y peso le hiciera bullying, yo sería el primero en decirle que se defendiera solo. Pero si a mi niño de ocho años le hace bullying un adolescente de quince, ni a mí ni a nadie se nos ocurriría pedirle que se enfrente solo. Al
contrario, correríamos inmediatamente a frenarlo, ¿desde dónde?, desde un poder más fuerte.

Una sociedad desprotegida

El pueblo cubano ha hecho hasta ahora lo que ha podido, y lo sigue haciendo de mil modos, pero repito, somos una sociedad desprotegida, sin estado de derecho, con un entramado civil minuciosamente
desarticulado a lo largo de casi 70 años. Somos una sociedad civil vulnerable a merced de represores que tienen mucho poder.

Sin la ayuda de alguien más fuerte, sólo nos queda hundirnos más y más, hasta morir y ver morir a nuestros hijos. Mientras tal vez, antes de exhalar el último aliento, escuchemos a esos que hoy demonizan a los que están haciendo algo por nuestra libertad, decir, desde un bar de copas en Londres o en París: “¡Oh, qué admirable el pueblo de Cuba, como resistió hasta el final!”.

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