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Por Max Astudillo ()
La Habana.- El silencio del gobierno cubano ante las revelaciones de Axios sobre las conversaciones entre Marco Rubio y Raúl Guillermo Rodríguez Castro —alias «el Cangrejo», nieto y guardaespaldas de Raúl Castro— es, en sí mismo, una confesión. Un régimen que tradicionalmente responde hasta los memes en redes sociales, que desmiente con furia cualquier rumor, que tiene voceros entrenados para negar lo innegable, de repente opta por la mudez absoluta.
No hay comunicado oficial. No hay comparecencia de nadie en la televisión cubana para negarlo, ni hay tuits indignados de Miguel Díaz-Canel. Nada. El silencio, en política, es el grito de los que no tienen argumentos.
¿Y por qué callan? Porque los involucrados no son aquellos a quienes están acostumbrados a defender con su retórica. No se trata de algún funcionario de segunda que pueda ser desautorizado sin consecuencias. Se trata de Alejandro Castro, el hijo de Raúl, el hombre que controla los aparatos de inteligencia y contrainteligencia del Estado.
Y se trata de su sobrino, el Cangrejo, ese personaje de 41 años que no aparece en las listas del Comité Central, ni en el Buró Político, ni en el Consejo de Estado, ni en la Asamblea Nacional. No son «las altas esferas» que aparecen en los organigramas oficiales. Son los que verdaderamente mandan.
La pregunta es inevitable: ¿por qué Marco Rubio, un político formado, secretario de Estado de la primera potencia mundial, perdería su tiempo conversando con alguien que formalmente no tiene ningún cargo en el gobierno cubano?
La respuesta es tan obvia como incómoda para la ficción institucional que el régimen ha construido durante décadas: Rubio sabe que el poder real no está donde dicen que está. Sabe que Díaz-Canel es un administrador, un gerente de la ruina, pero que las decisiones trascendentales —las que pueden salvar al régimen o condenarlo— se toman en el círculo familiar.
Sabe que «el Cangrejo» supervisa los intereses familiares en GAESA, el conglomerado militar que controla el 80 por ciento de la economía cubana y maneja activos por 18.000 millones de dólares. Y sabe que es la «niña de los ojos de su abuelo», el guardián del anciano de 94 años que sigue siendo, a todos los efectos, el verdadero poder en la isla .
Lo que estas conversaciones dejan al descubierto es lo que muchos cubanos sospechan desde hace años: que las estructuras oficiales son una puesta en escena. Que el Partido Comunista, el Buró Político, la Asamblea Nacional, son decorados para consumo interno y externo, mientras las decisiones se toman en las residencias de Cubanacán, en los despachos de GAESA, en los yates donde el Cangrejo presume de su estilo de vida mientras al cubano de a pie ni siquiera se le permite subir a una embarcación.
Cuba no es gobernada por instituciones; es gobernada por una familia y su círculo militar. El diálogo de Rubio con Rodríguez Castro no sería una anomalía diplomática; sino la confirmación de que Washington ha entendido perfectamente dónde reside el poder.
Este silencio cómplice del gobierno cubano revela también el pánico que corroe a la cúpula. Mientras el canciller Bruno Rodríguez viaja Hanoi, Pekín, Madrid y Moscú a mendigar ayuda y escucha de labios de los supuestos aliados un consejo velado para que negocie con Estados Unidos , la familia Castro ya está negociando por su cuenta.
No negocian por Cuba, negocian por ellos mismos. Negocian su supervivencia, sus negocios, sus privilegios. Negocian mientras el pueblo se queda sin luz, sin transporte, sin medicinas, sin esperanza, mientras los hospitales cierran, mientras la basura se acumula en las calles, mientras los niños se acuestan con hambre.
Las conversaciones descritas por Axios como «sorprendentemente amistosas», donde «no hay disputas políticas sobre el pasado, sino que se trata del futuro», son la prueba más palpable de que la casta castrista piensa cada vez más en su cúpula y menos en el país que dicen representar.
El silencio del gobierno no es un accidente; es una admisión. Es el reconocimiento de que las instituciones son un biombo y de que, en el fondo, todos saben quién manda realmente. Y mientras ellos hablan de futuro en conversaciones secretas, el futuro de los cubanos se esfuma en apagones interminables.