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Por Luis Alberto Ramirez ()

Miami.- En el sur de la Florida, varios políticos cubanoamericanos han levantado su voz para denunciar algo que, como mínimo, resulta insultante: el envío a Cuba de Ferraris, vinos italianos de lujo, Mercedes-Benz y hasta jacuzzis. Todo esto ocurre bajo la etiqueta de “ayuda humanitaria”, con permisos y licencias otorgadas por el propio gobierno de Estados Unidos por millones de dólares.

La pregunta es inevitable: Con una “ayuda humanitaria” como esta, ¿para qué necesitan el embargo? Mientras el pueblo cubano hace colas interminables para conseguir pollo, aceite o medicamentos, la élite vinculada al poder recibe automóviles de alta gama y productos de lujo. Además, no hablamos de envíos clandestinos. Más bien, hablamos de autorizaciones oficiales. Si el gobierno americano puede ser engañado, o convencido, para permitir que artículos de lujo entren a la Isla con licencia humanitaria, ¿qué garantías existen de que no puedan ser igualmente manipulados en conversaciones con la mafia castrista?

Primero trascendió que Washington estaba negociando con altas figuras del régimen. El primer nombre mencionado fue Alejandro Castro Espín, hijo de Raúl Castro. Ahora, según medios considerados serios, también se menciona a Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto y guardaespaldas personal del exmandatario.

La pregunta incómoda

Y aquí surge otra pregunta incómoda: ¿Son estos individuos, que no pertenecen formalmente al Comité Central del Partido Comunista, ni al Buró Político, ni al Consejo de Estado, ni a la Asamblea Nacional, las “altas esferas” del gobierno cubano?

Si es así, queda al descubierto lo que muchos sospechan desde hace años: Que las estructuras oficiales son solo una puesta en escena. Que el poder real no está donde dicen que está. Por otro lado, queda claro que Cuba no es gobernada por instituciones, sino por un círculo familiar y militar. Cuando los Ferraris entran como “ayuda humanitaria” y las negociaciones se hacen con familiares y guardaespaldas, el mensaje es claro: el problema no es el embargo, el problema es quién maneja el poder y cómo se burlan del sistema.

Y mientras tanto, el pueblo cubano sigue esperando la verdadera ayuda humanitaria: libertad, transparencia y dignidad. Si los defensores del castrismo se detuvieran por un solo segundo a analizar este tipo de comportamiento, supieran de inmediato que no defienden una ideología, ni un sistema, ni siquiera a un amo. Al contrario, defienden una quimera, una ilusión, una mentira.

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