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La Noche de los Cristales Rotos: El pogromo que anunció el Holocausto

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Contexto político: El camino hacia la violencia institucionalizada

Para comprender la Noche de los Cristales Rotos es necesario retroceder varios años y observar el progresivo endurecimiento de las políticas antisemitas en la Alemania nazi. Desde la llegada de Hitler al poder en 1933, los judíos alemanes —que representaban apenas el 0,76% de la población, unos 600.000 individuos— fueron sometidos a un sistemático proceso de exclusión social, económica y política.

Las Leyes de Núremberg de 1935 habían privado a los judíos de la ciudadanía alemana y prohibido los matrimonios mixtos. En los años siguientes, se sucedieron las restricciones: se les impidió trabajar en la administración pública, se confiscaron sus pasaportes y, en abril de 1938, fueron obligados a registrar todas sus propiedades, allanando el camino para la posterior «arianización» de sus bienes. La propaganda nazi, dirigida por Joseph Goebbels, había construido durante años la imagen del judío como enemigo interno, responsable de la derrota en la Primera Guerra Mundial y de las dificultades económicas que atravesaba el país.

El detonante inmediato de los acontecimientos de noviembre de 1938 hay que buscarlo en la llamada Polenaktion. El 28 de octubre, las autoridades alemanas expulsaron a más de 17.000 judíos de nacionalidad polaca que residían en Alemania, arrancándolos de sus hogares en una sola noche y permitiéndoles llevar solo una maleta. Polonia inicialmente les negó la entrada, quedando atrapados en la frontera en condiciones miserables, sin comida ni refugio.

Entre los deportados se encontraba la familia de Herschel Grynszpan, un joven judío de 17 años que vivía en París. Cuando recibió una carta de su hermana describiendo el horror de la deportación, Grynszpan decidió actuar. El 7 de noviembre de 1938, compró un revólver, se presentó en la embajada alemana en París y disparó contra el secretario Ernst vom Rath, quien falleció dos días después.

El estallido: La noche en que los cristales cubrieron las calles

La muerte de Vom Rath fue el pretexto perfecto que los líderes nazis estaban esperando. La noche del 9 de noviembre, mientras los jerarcas del partido se reunían en Múnich para conmemorar el aniversario del fallido putsch de 1923, Joseph Goebbels pronunció un discurso incendiario en el que insinuó que «el partido no debía organizar ninguna manifestación, pero tampoco debía oponerse a que el pueblo se manifestara espontáneamente». La orden era clara: el pogromo debía parecer una reacción popular espontánea, aunque en realidad estaba meticulosamente orquestado desde arriba.

En cuestión de horas, las instrucciones llegaron a todos los rincones de Alemania y Austria. Las tropas de asalto de las SA, las Juventudes Hitlerianas y miembros de las SS, muchos de ellos vestidos de civil, se lanzaron a las calles armados con martillos, hachas y bombas incendiarias . La violencia se desató simultáneamente en cientos de ciudades.

Los resultados fueron devastadores. Más de 1.400 sinagogas fueron incendiadas o destruidas —95 solo en Viena— . Alrededor de 7.500 comercios de propiedad judía fueron saqueados y sus escaparates destrozados, creando esa alfombra de cristales rotos que daría nombre a la noche . Los cementerios judíos fueron profanados, y cientos de hogares, hospitales y escuelas de la comunidad judía fueron arrasados.

Casi un centenar de judíos muertos

La violencia no se limitó a los bienes materiales. Al menos 91 judíos fueron asesinados durante esas horas, y muchos más sufrieron palizas y humillaciones de todo tipo . En Viena, los judíos fueron obligados a fregar las calles mientras eran atormentados por sus compatriotas austriacos . La policía y los bomberos recibieron órdenes de no intervenir; su única función era proteger las propiedades de los arios y evitar que el fuego se extendiera a edificios no judíos .

En la madrugada del 10 de noviembre, unos 30.000 hombres judíos de entre 16 y 60 años fueron arrestados y enviados a los campos de concentración de Dachau, Sachsenhausen y Buchenwald . Allí fueron sometidos a un trato brutal; muchos murieron a consecuencia de las palizas y las condiciones inhumanas durante las semanas siguientes .

Consecuencias: El castigo a las víctimas y el giro hacia el exterminio

La respuesta del régimen nazi a los acontecimientos fue tan reveladora como aterradora. Lejos de castigar a los perpetradores, el gobierno responsabilizó a las propias víctimas. En una reunión celebrada el 12 de noviembre, Hermann Göring anunció que la comunidad judía en su conjunto debería pagar una multa colectiva de mil millones de marcos como «indemnización» por la muerte de Vom Rath. Además, las indemnizaciones de los seguros por los daños materiales fueron confiscadas por el Estado.

A partir de ese momento, se aceleró el proceso de «arianización» de los bienes judíos, que pasaron definitivamente a manos alemanas. Se creó una Oficina Central para la Emigración Judía con el objetivo de «estimular» a los judíos a abandonar el país, aunque cada vez más países cerraban sus fronteras a los refugiados.

Ninguno de los responsables de los asesinatos, incendios y saqueos fue procesado por esos crímenes. Solo dos perpetradores fueron condenados, y no por la violencia contra los judíos, sino por violar las leyes de «profanación racial» al mantener relaciones sexuales con mujeres judías . La justicia nazi consideraba que ese era el verdadero crimen.

Para la comunidad judía alemana, la Noche de los Cristales Rotos supuso el fin de cualquier ilusión de que la vida en Alemania fuera todavía posible. El pánico se apoderó de miles de familias, que buscaron desesperadamente cualquier vía de escape . Quienes pudieron emigrar lo hicieron a cualquier precio; los que se quedaron, quedarían atrapados cuando, años después, se cerraron definitivamente las fronteras y comenzaron las deportaciones masivas a los campos de exterminio.

Lecciones: El eco de los cristales rotos en la historia

Los historiadores coinciden en señalar la Noche de los Cristales Rotos como un punto de inflexión decisivo en la política racial nazi. Fue el momento en que la persecución legal y la discriminación dieron paso a la violencia física abierta y organizada desde el Estado. Por primera vez, los judíos fueron atacados masivamente en sus personas y propiedades sin que el gobierno mostrara el más mínimo reparo. Se había traspasado una línea moral de la que ya no habría retorno.

La lección más profunda de aquella noche reside en la complicidad silenciosa de amplios sectores de la sociedad alemana. Las instrucciones llegaban desde arriba, pero fueron ejecutadas por miles de personas que participaron en los saqueos, que señalaron a sus vecinos judíos o que simplemente miraron hacia otro lado mientras las sinagogas ardían. El proceso de deshumanización —el «enmarcar a un grupo como ‘el otro'»— había funcionado: los judíos ya no eran ciudadanos, sino una amenaza existencial.

La Noche de los Cristales Rotos nos recuerda que la erosión de los límites morales no ocurre de repente. Comienza con palabras: con discursos que convierten a un grupo en «invasores» o «parásitos», con propaganda que normaliza el odio, con leyes que excluyen y discriminan. Cuando esas palabras no encuentran resistencia, el camino queda allanado para que la violencia se vuelva primero imaginable, luego permisible y finalmente inevitable. El silencio, aquella noche y siempre, no es neutral.

A 87 años de aquellos acontecimientos, la conmemoración no puede ser un mero ejercicio de recuerdo. Es, ante todo, un compromiso activo con la defensa de la humanidad frente a cualquier intento de dividir el mundo entre «nosotros» y «ellos». Porque, como bien resume el Museo del Holocausto de Illinois, «el mundo en que vivimos está moldeado por las historias que elegimos contar y aquellas que nos negamos a ignorar».

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