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Muhammad Ali, el hombre que parecía poder con cualquiera, una vez intentó levantar a un anciano de 76 años. No pudo.
El protagonista no era un gigante. Era Johnny Coulon, excampeón mundial de peso gallo, apenas 1,52 metros de altura y unos 50 kilos. Se había retirado del boxeo en 1914, pero encontró una segunda vida en el circuito de vodevil con un número que desconcertaba a todos.
Su truco era simple… en apariencia. Primero, permitía que lo levantaran sin resistencia. Boxeadores, luchadores, hombres mucho más grandes lo alzaban con facilidad. Él mantenía el cuerpo recto, casi ayudando al movimiento.
Luego cambiaba algo. Colocaba suavemente su mano sobre la muñeca del levantador y apoyaba el dedo índice cerca de su propio cuello, en la zona de la arteria carótida. Sin tensión visible. Sin fuerza bruta.
Y entonces, por más que el otro intentara, no lograban despegarlo del suelo.
El pequeño excampeón parecía haberse vuelto inamovible.
Algunos creen que era pura técnica: redistribución del peso, equilibrio perfecto, control del centro de gravedad. Otros sostienen que el contacto en puntos sensibles del levantador generaba una ligera descompensación involuntaria.
Lo cierto es que incluso figuras legendarias como Muhammad Ali quedaron desconcertadas.
Un hombre de 50 kilos resistiendo a pesos pesados sin parecer hacer esfuerzo.
No era magia. Era comprensión del cuerpo. A veces la fuerza no está en los músculos. Está en saber exactamente dónde y cómo sostenerse.