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Cuando el poder empieza a escoger con quién hablar es porque no controla el silencio

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Por Sergio Barbán Cardero ()

Miami.- Hay que reconocerle algo al vocero de la Seguridad del Estado cubano; ha logrado lo impensable. Después de décadas repitiendo como mantra que “con el imperio no se negocia”, ahora resulta que sí se puede conversar… siempre y cuando no esté Marco Rubio en la mesa.

Es decir, el problema no es Estados Unidos. No es la Casa Blanca, ni es el sistema político norteamericano. No es el “bloqueo”, ni el “imperialismo”, ni la CIA, ni el Comando Sur.

El problema (nos dice este desagradable personaje) es una persona concreta. Marco Rubio. Rebautizado con el apodo de “Narco Rubio”, en lo que ya parece más una rabieta de barrio que un análisis geopolítico.

La escena es cómica: “Mañana mismo podemos sentarnos a conversar”, dice el vocero. ¿Con quién? Con Yar Cruz, con Ivanka Trump, con Richard Grenell, con Witcoff, con cualquiera… Con cualquiera, menos con Rubio.

O sea, el régimen que se presenta como firme, soberano e inquebrantable, pone condiciones personalizadas para dialogar, como si estuviera organizando una cena familiar: “Ese primo no lo inviten, que me cae mal”.

Durante años, La Habana negó cualquier posibilidad de diálogo. Negar era la línea. Negar daba épica y servía para justificar el desastre interno. Pero ahora, sin previo aviso, el discurso se desliza. Ya no es “no queremos hablar”, sino “queremos hablar, pero elijan bien al interlocutor”. Y ahí está la grieta.

Temor a Rubio por lo que representa

Cuando un régimen autoritario empieza a nombrar personas con las que sí está dispuesto a negociar, ya no estamos ante una posición ideológica. Estamos ante una necesidad económica. Y, probablemente, política. Lo más irónico es que, en su intento de descalificar a Rubio, el vocero termina confesando algo revelador: “Narco Rubio supera con creces al propio Donald Trump”. Traducido del lenguaje del poder; Rubio les resulta más incómodo, más persistente y menos negociable. Y eso dice más del régimen que del secretario de Estado de Estados Unidos.

Hay humor, sí. Humor negro. Humor de tragicomedia.

El mismo Estado que se niega a escuchar a su propio pueblo, ahora se muestra dispuesto a dialogar… con Washington.

El mismo aparato que encarcela por opinar, ahora habla de acuerdos. Eso sí: con lista de vetados incluida.

Al final, el chiste se cuenta solo. No es que el régimen haya cambiado. Es que la realidad lo está obligando a improvisar.

Y cuando una dictadura empieza a improvisar en público, el sarcasmo deja de ser solo humor. Si el régimen pasa de decir “con nadie hablamos” a decir “con cualquiera, menos con este”, no está marcando límites; está mostrando grietas. Ya no controla el relato, ya no controla la presión, ya no controla el silencio.

¿Cuál es la razón por la que no quieren a Marco Rubio en las conversaciones? Porque Marco Rubio no es solo un político estadounidense, sino el recordatorio vivo de lo que el régimen no puede domesticar. Su ascendencia cubana y el exilio de sus padres lo colocan fuera del guion cómodo del poder: entiende su lenguaje, conoce sus trampas y no legitima ficciones. No negocia símbolos; exige resultados. Por eso no lo quieren en la mesa. No por lo que representa para Estados Unidos, sino por lo que representa para Cuba.

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