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Vinicius, el delincuente del golazo, merece cadena perpetua por bailar, sujetarse la camiseta y existir

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Por Yoyo Malagón ()

Madrid.- Señores de la UEFA, tomen nota, que esto no puede quedar así. Lo de Vinicius Junior contra el Benfica ha sido un atentado contra el buen orden del fútbol mundial, una provocación inaceptable que merece sanción ejemplar. Porque, diganme, ¿qué clase de jugador se permite marcar un gol así en un partido de esta magnitud? Un gol magistral, como un latigazo, casi desde el borde del área, que sorprendió a propios y extraños y terminó con una definición de esas que sólo se ven en las postales.

Eso no es un gol, caballeros, eso es un golazo, y los golazos están prohibidos en el reglamento no escrito del fútbol moderno. Que se lo pregunten a Lamine Yamal, que el otro día metió un gol y casi lo crucifican.

Y luego vino el baile. Ay, el baile. Porque el muchacho, después de semejante obra de arte, se puso a bailar como si estuviera en una favela, como si el fútbol fuera alegría, como si marcara goles para eso, para disfrutarlos. Eso no puede ser. En el fútbol europeo los goles se celebran con seriedad, con cara de circunstancias, con la compostura de quien asiste a un funeral.

Que alguien le explique a Vinicius que Ronaldinho, cuando metía esos golazos imposibles, bailaba, sí, pero en otra época, en un fútbol que ya no existe. Y Neymar, que también bailaba, al final se fue al Santos huyendo de tanta corrección política. Pero Vinicius insiste, erre que erre, en bailar, en reírse, en disfrutar. Eso es pecado.

No puede quedar impune

Pero lo más grave, lo que realmente clama al cielo, es que después del gol se sujetó la camiseta. Sí, señores, se agarró la elástica blanca y se la llevó a la cara, como queriendo ocultar su identidad. ¿Saben lo que eso significa? Es un mensaje cifrado, una provocación directa al respetable. Porque nadie, absolutamente nadie, se había atrevido a sujetarse la camiseta después de un gol.

Ni Messi, que se ha marcado más de 700 goles y jamás cometió tal osadía. Ni Piqué, que se pasó años celebrando goles con los dedos y nunca, nunca, se sujetó la camiseta. Eso es una innovación peligrosa, una ruptura del orden establecido que la UEFA no puede permitir. Que le pongan una multa de 50.000 euros, o 100.000, lo que sea, pero que no quede impune.

Ah, y luego viene lo del racismo, pero al revés. Porque Vinicius, en ese gesto de cubrirse la cara con la camiseta, estaba claramente profiriendo insultos racistas contra Gianluca Prestianni, ese delantero argentino de aspecto tan inocente que parece un niño de coro. ¿O no lo vieron?

La camiseta blanca, la cara oculta, el mensaje subliminal… todo apunta a que el brasileño estaba diciendo barbaridades sobre el rubiecito. Y luego, para colmo, dijo que no había dicho lo que realmente dijo, sino todo lo contrario. O sea, encima miente. Eso es doble falta: por lo que dijo y por negarlo. Sanción ejemplar, cadena perpetua futbolística, que le fusilen los fines de semana.

Una sanción ejemplar… por la alegría

Pero lo que más me preocupa, lo que realmente justifica una sanción histórica, es que Vinicius no para de hacer cosas. Y cuando hace cosas, la prensa española tiene de qué hablar. Y cuando la prensa española tiene de qué hablar, llena horas de radio, páginas de periódicos y tertulias interminables. Eso es un problema gravísimo. Porque si Vinicius se estuviera quieto, si no marcara golazos, si no bailara, si no se sujetara la camiseta, pues los periodistas tendrían que hablar de política, o de economía, o de la crisis de valores, y eso sí que sería aburrido.

Él les da material, les da carnaza, les da vida. Y por eso hay que pararle los pies. Que se esté quietecito, que no provoque, que no exista tanto, por Dios.

Así que ya saben, señores de la UEFA: tienen delante a un delincuente reincidente. Un tipo que mete golazos, baila, se sujeta la camiseta y, para colmo, hace que la prensa trabaje. Múltiple sanción: por el gol, por el baile, por la camiseta, por el racismo invertido y, sobre todo, por existir.

Que le caiga todo el peso de la ley, que le suspendan seis meses, un año, lo que sea. Y si pueden, que le prohíban también sonreír. Porque ese chico, sonriendo, también provoca. Y en el fútbol moderno, ya se sabe, lo que sobra es la alegría.

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