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El número que habla: ¿cómo La Bolita se volvió el lenguaje secreto de Cuba?

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Por Anette Espinosa ()

La Habana.- La noche cubana tiene un ritual que no aparece en ninguna guía turística. Cuando el reloj marca la hora indicada, miles de personas en la Isla pegan el oído a una radio prohibida, encienden un teléfono con datos inestables o reciben el mensaje cifrado de un familiar en Miami. No es una orden. No es una noticia. Es el número.

El número premiado -o los números- también lo puede encontrar en El Vigía de Cuba, que actualiza al instante lo que usted necesita saber.

La Bolita, ese juego de lotería clandestino que sobrevivió a dictaduras, crisis y migraciones, lleva más de un siglo corriendo por las venas de Cuba. Y aunque las autoridades la persiguen como si persiguieran al mismísimo diablo, los cubanos la protegen como a un santuario laico. Porque La Bolita no es solo un juego: es un código, un consuelo y, en estos tiempos, hasta una forma de ponerle precio a la esperanza.

Lo más fascinante del fenómeno no es la jugada en sí, sino cómo sus números se colaron en el vocabulario cotidiano. La charada china, esa tabla de cien significados que asocia un símbolo a cada número, terminó convirtiéndose en un diccionario paralelo que los cubanos usan sin pensarlo dos veces.

Si un vendedor dice que algo cuesta «un pescao», no está ofreciendo merluza. Está pidiendo diez pesos. Porque en el imaginario popular, el 10 es el pescado. Y así funciona la cosa: el número no se dice, se dibuja con palabras.

Cuando alguien comenta que «salió El Viejo», todo el mundo sabe que el premiado fue el 17, en referencia a San Lázaro. Si en una esquina aseguran que «cantó el muerto», no hay que llamar a una funeraria: el 53 fue el que dio la vuelta. Y si un vecino exclama «¡se fue la gallina!», no busque plumas en el patio: el 26 voló del sorteo.

Pero La Bolita trascendió hace rato el momento del sorteo. Hoy es un sistema de referencia que organiza la vida práctica. En un mercado agropecuario, cuando el limón está por las nubes, el campesino te dice: «Esto vale un pescado, mi socio, no me pida rebaja». Y uno sabe, sin que le expliquen, que son diez pesos. Porque el pescado no se negocia.

Hay quienes incluso la usan para medir el estado de ánimo colectivo. Cuando los tiempos están duros, se dice que «está dando el muerto», porque el 53 ronda más de lo debido. Si la cosa mejora, «asomó la luna». El número se convierte en termómetro social.

La cultura cubana, marcada por la escasez y la creatividad para sobrevivirla, encontró en La Bolita un lenguaje cifrado que sortea la vigilancia y la censura económica. Hablar por números es una forma de protegerse, pero también de pertenecer. Quien entiende que «el pescado» no es un animal sino un billete, ya está adentro del círculo.

Los viejos que apuntan combinaciones en libretas gastadas, los jóvenes que preguntan en redes sociales «¿qué número salió anoche?», los vendedores que tasan sus productos en claves: todos tejen una red invisible que cruza generaciones y clases sociales. La Bolita, que nació como un juego de azar, terminó siendo un lenguaje común en un país donde nada es común.

Por eso, cuando un cubano dice «salió la monja», no está informando un resultado. Está confirmando que, en medio de la incertidumbre, hay códigos que no se pierden. Y que mientras haya un número que esperar, habrá una manera de nombrar la vida sin tener que pedir permiso.

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