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Por Luis Alberto Ramirez ()

Miami.- Ayer escuché a un músico cubano (de quien me reservo el nombre) afirmar que la cultura no se mezcla con la política. Bueno… eso depende mucho desde dónde se mire. Porque si hay un país donde la cultura y la política fueron amarradas con alambre de púas, ese país se llama Cuba.

El régimen de La Habana logró algo que pocos han conseguido: confundir la cultura con la ideología hasta el punto de que ya no se sabe dónde termina una y empieza la otra. En la Cuba de Fidel Castro, la música, el arte y el deporte no eran expresiones libres; eran instrumentos de control.

Durante décadas se prohibió todo tipo de música que no tuviera un “mensaje político correcto”. No se promovía en la radio ni en la televisión nacional. Escuchar ciertas canciones podía costarte un expediente, una visita de la Seguridad del Estado o algo peor.

Se prohibió, sin excepciones, a los artistas que abandonaron el país tras la llegada de Fidel al poder, aunque fueran ídolos del pueblo o triunfaran en el mundo entero. Celia Cruz. Orlando Contreras. Panchito Riset. Borrados de un plumazo por el pecado capital de irse.

Pero la lista no termina ahí. También se castigó, bajo amenaza de cárcel, a otros cubanos que, ya fuera de la Isla, alcanzaron el éxito internacional: Maricela Verena, Gloria Estefan, Willy Chirino y todo lo que luego se conoció como el “sonido de Miami”.

La censura

Tampoco se salvaban artistas extranjeros: José Feliciano, Camilo Sesto y cualquiera que hubiera participado en el Festival de Viña del Mar durante la era de Pinochet quedaba automáticamente marcado. ¿Casualidad? No. Política pura.

Para evitar que los cubanos escucharan música americana, Fidel Castro hizo algo “ingenioso”: dio carta abierta a grupos, músicos y cantantes españoles, creando incluso un programa radial llamado “Nocturno”. Así, camufló el pop estadounidense con versiones y sonidos españoles. Control cultural con guante blanco.

Decir hoy que en Cuba el arte no se mezcla con la política es, como mínimo, una falta grave de memoria histórica. En Cuba todo se mezcló con la política: la música, el deporte, la literatura, el cine, hasta el pensamiento íntimo. Y no lo digo yo. Lo dijo Fidel Castro, sin pudor, durante el juicio al poeta Heberto Padilla: “Dentro de la Revolución, todo; fuera de la Revolución, nada”.

Ese fue y sigue siendo el verdadero ministerio de cultura en Cuba. Negar eso no es ingenuidad. Es amnesia… o complicidad.

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