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Por Luis Alberto Ramirez ()

Miami.- La reciente declaración de “emergencia nacional” decretada por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, que incluye la advertencia de imponer aranceles a los países que suministren petróleo a La Habana, deja al régimen cubano sin escalera y aferrado a la brocha. A primera vista, parece una jugada de jaque mate. Pero cuidado: esta medida puede terminar siendo contraproducente.

Y me explico: El régimen de La Habana no va a ceder mientras la nomenclatura no sea afectada de manera directa y personal. La historia lo demuestra. Son capaces de llevar al país a escenarios extremos, como ocurrió en la Rusia de Stalin, donde el hambre y el canibalismo fueron el precio pagado por el pueblo mientras la cúpula sobrevivía.

Si hace falta, se comportarán como los ayatolás de Irán: cerrados, fanatizados y dispuestos a sacrificar generaciones enteras antes que perder el poder. Además, ellos saben que tienen a la izquierda internacional de su parte y con un bloqueo ahora tácito, que antes no lo tenían.

Apuntad al verdugo, no a la víctima

No importa cuántas sanciones imponga la administración Trump. Ellos están convencidos de que el pueblo aguanta. Y si no aguanta, lo hacen aguantar a la fuerza. Esa ha sido siempre la lógica del castrismo. ¿Qué más le puede pasar al pueblo cubano que no le haya pasado ya durante décadas? Apagones, hambre, represión, miseria, exilio forzado… Para el poder, todo eso es daño colateral aceptable.

La situación recuerda a una vieja anécdota: un hombre sin brazos ni piernas se mueve en una patineta por la acera. Choca con una señora y ella le grita indignada:

—“¡Atrevido, hace falta que Dios te castigue!”

Y él le responde:

—“Lo único que puede hacer es quitarme la patineta”.

Eso mismo ocurre hoy. Al régimen de La Habana le quitaron la patineta: el petróleo, los aliados, el oxígeno financiero. Pero las consecuencias no las paga la élite gobernante, las paga el pueblo cubano, como siempre.

Presionar sin golpear directamente a los que mandan puede endurecer aún más al régimen y profundizar el sufrimiento de la población. Si el objetivo real es un cambio, las medidas deben apuntar a la cúpula, no a una sociedad que ya vive en emergencia permanente desde hace más de 60 años. Porque cuando al verdugo no se le toca, el castigo siempre cae sobre la víctima.

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