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Por Eduardo González Rodríguez ()

Santa Clara.- Pero sobre todo, ¿de qué se hacen los sueños? Cuando yo tenía siete años quería ser tractorista. Parece un sueño minúsculo, pero no. Bastó el querer serlo para aprender cómo funciona un tractor, a qué huele, de qué está hecho, cómo se arregla, y esto fue suficiente para que luego, cuando fuí creciendo, quisiera comprender cómo funcionan las cosas, a qué huelen, de que están hechas y cómo, llegado el caso, pueden arreglarse.

Por muy analfabeto que sea -que lo soy, y lo he dicho otras veces- disfruto mucho pensar. Ahora, por ejemplo, que me quitaron la corriente a las cinco de la mañana mientras trabajaba en la computadora, y que ya encendí el carbón para prepararle el desayuno al chama, me acaba de pasar por la cabeza que los corruptos no son gente con sueños. Los corruptos son gente con ambición, y eso es otra cosa.

Y me pasó por la cabeza porque, mientras encendía el carbón, pensé en la cantidad de tipos y tipas que todos los días son sorprendidos robando, desviando, malversando, favoreciendo, vendiendo, trapichando, y todo eso con una banderita en la mano al frente de a cuánto acto haya que asistir.

¡Hay que ver qué enfado tienen con el capitalismo y los imperialistas! ¡Hay que ver qué ceño más fruncido y qué enérgico el brazo en alto! Creo que ese tipo de gente tienen una ambición bastante mierdera, la verdad. Ninguno roba como Robin Hood. Si profundizas un poco, jamás le han comprado un ventilador a una escuela, nunca han llevado dos cajas de pollo a un asilo, ni escucha con sensibilidad el reclamo de su gente. Es tan mierdero todo que gastan la plata en ceveza, puercos y en asuntos muy privados e importantes: una plantica por allá, unos litros de gasolina por acá, un panel solar por allí y viva la revolución que «este negocio es lo mejor que se ha inventao».

A mirar al futuro

Al final, si no logran atraparlos, terminan en USA o en otro país del primer mundo donde siguen comiendo puerco y tomando cerveza hasta alcanzar el grado más elevado de sus ambiciones: la obesidad o un infarto del miocardio. Por último, si allá alguien los descubre, la solución es fácil. «Teníamos miedo. Estábamos engañados». ¡Del carajo!

Los sueños son otra cosa. El más simple, por ejemplo, es que tu hijo pueda encontrar lo que tú no hallaste, que pueda alcanzar lo que a ti te fue imposible y que logre superarte en todos los aspectos de la vida. Y que sea feliz. Y libre, absolutamente libre. Los sueños están hechos de la misma sustancia con la que se forman los hijos y de cosas que necesitas para los demás, porque, si no sirve para los demás, no es un buen sueño. Y, aclaro, no se trata de aparentar servirle a los demás para servirte a ti mismo. Eso es ambición. Y la ambición es algo que tú quieres, pero los sueños, siempre, son cosas que tú entregas.

P/D: Sé que es difícil todo, familia. Se cómo funciona mi país, a qué huele, de qué está hecho, pero no sé arreglarlo. Solo me queda levantarme sobre mis engranajes rotos y tratar de que valga la pena. Por eso sigo creyendo en los seres humanos. Y sobre todo, creo que dentro de nosotros hay muchas piezas útiles que estamos olvidando.

Cuando el presente pesa, hay que mirar al futuro, no al pasado. Siempre al futuro. Y no lo duden, si en esta película mal contada y en blanco y negro hay buenos y malos, nosotros somos los buenos.

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