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Por Joel Fonte
La Habana.- Como muchos de mi generación, mis primeras lecturas fueron de escritores rusos. Era parte de aquel proceso de ideologización forzada, de adoctrinamiento que hoy denunciamos desde una actitud ya consciente, crítica.
En las bibliotecas era imposible hallar más obras que aquellas que invitaban el alma y la sangre a la ‘gran causa del socialismo’.
Así, entre mis autores de la niñez y adolescencia estuvieron Fiódor Dostoyevski, León Tolstói -a quien sin fundamento alguno, siendo incluso un aristócrata, el castrismo convirtió en cuasi comunista-, Antón Chéjov, Máximo Gorky…
Entonces, los años pasaron, y un día llegó a mis manos uno de esos libros que cambian a millones de hombres: Archipiélago Gulag, de Alexandr Solzhenitsyn.
En aquel libro, la crueldad en los campos de concentración con que la Checa de Lenin primero, y luego Stalin, llenaron la geografía de Rusia aparecía con tintes tan verídicos, inequívocos, que la justicia del socialismo, la humanidad de la lucha del régimen de los bolcheviques quedaba desmentida como un gran timo.
Luego, buscando más y más descubrí que uno de esos autores de mi inocencia, cinco veces nominado al Premio Nobel de Literatura, y autor de La Madre, no solo había sido partidario público del genocida Stalin, sino que ayudó con su pluma a romantizar la tragedia y el crimen que acosaba la vida de millones de soviéticos en aquellos campos de trabajo.
No fue una actitud irresponsable, inconsciente, sino deliberada y cómplice con la dictadura del asesino de Georgia.
Luego, desde esos años que ahora veo lejanos en el recuerdo, siempre me cuestiono: ¿se puede ser un buen escritor, artista, creador, periodista, intelectual, político? ¿Se puede ser realmente bueno en cualquier actividad humana, aspirar a trascender más allá de nuestra época, defendiendo, apoyando conscientemente injusticias, causas innobles…?.
Es imposible.
Porque la grandeza del intelecto está en la verdad y la justicia de lo que pregona y defiende.
Así, no es difícil mostrar oposición a cualquiera que aún hoy pretenda mostrarnos como genios a hombres como Fidel Castro, que en palabras del intelectual y catedrático cubano Armando de la Torre ‘hizo su gran obra haciendo esclavo a todo un país’.
Analizados desde la madurez, libres de todo adoctrinamiento, los discursos de Fidel Castro y de su hermano aún amarrado al poder, se nos muestran como panegíricos a la mentira, a la infamia…
¿Y por qué escribo y pienso en estas ideas hoy?. Porque escuché hace solo unos minutos a una de esas voces infames que toda dictadura tiene a mano para lavarle sus crímenes, sus mentiras, edulcorando la tragedia empleando para ello el nombre de Martí…
De esa ‘periodista’ de bolsillo del castrismo, diríase aquella frase del enclaustrado Lezama Lima: ‘pobres seres errantes, con un destino subdividido…’
Y es que Martí fue más que escritor, político, diplomático, intelectual, filósofo, antianexionista…; Martí fue, por sobre todo, un humanista profundamente comprometido con la justicia y la verdad.
Por eso el Castrismo y sus sátrapas jamás podrán hablar en nombre del Apóstol de la nación cubana.