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Las culpas del castrismo: frío, fuego e ilegalidad cuestan la vida a cuatro cubanos en Moscú

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Moscú.- El frío de Moscú en enero es un filo que parte el alma. Un frío que no perdona, un frío que se cuela por las rendijas de las ventanas mal selladas y congela el aliento en el aire. En un hostal sin licencia, un cuartucho en una casa particular de Balashija, ese frío se volvió letal cuando los propietarios, ahogados por las deudas, vieron cómo les cortaban la electricidad.

Sin luz, sin la humilde calefacción que les permitía resistir, un grupo de cubanos se encontró a merced del invierno ruso. La desesperación, compañera fiel del exilio, les llevó a tomar una decisión fatal: hacer fuego dentro de la vivienda. Una hoguera improvisada para combatir el gélido abrazo, que terminó devorándolo todo, según versiones policiales.

Las llamas no discriminan. Se llevaron a cuatro de ellos: dos hombres y dos mujeres, cuyos nombres ahora son una estadística más en los informes policiales. Un quinto, un adolescente de apenas quince años, lucha en un hospital contra el monóxido de carbono que invadió sus pulmones.

El incendio, rápido y violento, no dio tregua. Los servicios de emergencia encontraron los cuerpos entre los escombros carbonizados, testimonio mudo de una tragedia que se pudo evitar.

Las autoridades examinan hipótesis, hablan de fallos eléctricos, pero la cruda evidencia apunta a la necesidad primaria: el calor que se buscó con medios desesperados, dentro de un refugio precario e ilegal.

El éxodo y la muerte

Esta tragedia no es un hecho aislado, sino el síntoma más agudo de una realidad soterrada. Miles de cubanos, huyendo de la asfixia económica, de la escasez crónica, de un presente sin horizontes en la isla, han convertido a Moscú y sus ciudades dormitorio en un destino incierto.

Viven en las sombras, en apartamentos atestados, en hostales clandestinos como el de Balashija, a merced de explotadores y leyes migratorias inflexibles. Son una comunidad invisible, pero numerosa, que intenta sobrevivir lejos de su Caribe imposible, en un país cuyo idioma y costumbres les son ajenos.

Las autoridades rusas, por su parte, llevan meses librando una batalla silenciosa contra esta migración irregular. Cada mes, decenas de cubanos son detenidos y deportados. Sus documentos vencidos o su estatus irregular los convierten en objetivos fáciles.

Son expulsados de un ciclo perverso: huyen de Cuba buscando un futuro, llegan a Rusia a menudo con promesas incumplidas de trabajo o estudios, caen en la irregularidad, y cuando la suerte se agota, son devueltos al punto de partida, cuando no terminan en una morgue, como los cuatro de Balashija.

¿Por qué…?

¿Por qué huyen? La pregunta resuena en el vacío que deja el humo del incendio. Huyen de una economía en ruinas donde el salario es una burla, de la incertidumbre política, de la sensación de un país que se vacía.

Cruzan océanos y continentes con la esperanza de un respiro, solo para encontrarse con nuevas formas de miseria. Rusia no es el sueño europeo; es otro laberinto burocrático y climático donde, en invierno, el frío puede matarte si te quedas sin luz y tu única solución es una hoguera dentro de tu propia habitación.

Balashija ya no es solo un nombre en el mapa del oblast de Moscú. Es ahora el epígrafe de una tragedia absurda. Cuatro cubanos no murieron únicamente por las llamas. Perecieron porque antes les cortaron la electricidad. Perecieron porque el frío era insoportable.

Murieron porque decidieron hacer fuego en la casa, el acto humano más antiguo y esencial, que esta vez, en la periferia gris de una capital ajena, se volvió su sentencia. Mientras, las deportaciones continúan, el goteo mensual de expulsados, y la hoguera que no debió ser sigue ardiendo en la memoria de los que, temporal o permanentemente, lograron escapar de ella.

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