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Por Jorge Sotero ()
La Habana.- La farsa se repite con la precisión de un ritual mortuorio. Mientras Cuba se desangra en colas interminables, en hospitales sin medicinas y en casas a oscuras, la máquina partidista vuelve a engranar sus marchas en un vacío atronador.
Plenos provinciales en Cienfuegos, Villa Clara y Sancti Spíritus, como el reseñado por el órgano oficial, no son espacios de debate ni de rectificación; son teatros donde la nomenklatura local se aplaude a sí misma recitando consignas caducas.
El exhorto circular —»si el municipio es próspero, la provincia lo será y el país también»— no es un plan, es un espejismo verbal. Es la lógica del régimen convertida en tautología: la prosperidad llegará cuando llegue la prosperidad. Y mientras, el pueblo sigue esperando la cena.
Detrás de este circo de palabras se esconde la verdadera patología del poder: el miedo a la realidad. Los «retoques administrativos» de los que alardea la prensa oficial no son reformas; son maquillaje aplicado a un cadáver económico.
Negarse a sustituir la planificación centralizada —esa fe dogmática en una burocracia omnisciente— por los precios de mercado, y ahogar con mil regulaciones asfixiantes a un sector privado que es la única fuente real de alimento y empleo, no es ideología.
Es sabotaje autoinfligido. Es preferir el control absoluto sobre un páramo, que ceder una pulgada de poder a una sociedad que quiere trabajar y prosperar.
El núcleo de la crisis no es económico, es político. El Partido Comunista, autoproclamado «fuerza dirigente superior», es hoy la principal fuerza des-dirigente. Es el arquitecto de la ineficacia y el guardián de su propia impunidad. Su «autocrítica» es un monólogo donde jamás se cuestiona su monopolio del poder, solo la «implementación» de sus dogmas fallidos.
¿Cómo puede una entidad que ha demostrado su ineptitud histórica para gestionar una granja, una fábrica o una tienda, seguir reclamando el derecho exclusivo a dirigir una nación? La respuesta es simple: a punta de decreto y de represión. Su legitimidad no nace del éxito, sino de la prohibición de cualquier alternativa.
En este contexto, el nuevo «programa de gobierno» presentado a «consulta popular» es el colmo del cinismo. Se consulta al pueblo en un total apagón estadístico, donde las cifras reales —de producción, de hambre, de éxodo— son secreto de estado.
Los datos no sirven para corregir el rumbo, sino para ser ocultados o maquillados, pues constituyen la prueba fehaciente del desastre. La «consulta» es, por tanto, un acto de ventriloquía: el régimen pone en boca de un pueblo amordazado las palabras que él mismo ha escrito. Es el simulacro perfecto: una participación sin poder, un diálogo donde solo habla el poder.
Esta es la esencia de la trampa cubana: un sistema que ha externalizado la culpa —al bloqueo, a los «enemigos», al mundo— pero que internaliza de manera feroz todo el control. La prosperidad del municipio no llegará con exhortos partidistas, llegará el día en que el panadero pueda comprar harina sin permiso estatal, el campesino vender su leche a quien pague más, y la madre de familia elegir a quien la gobierna. Pero ese día es, precisamente, la pesadilla que el PCC quiere evitar a toda costa. Porque significaría el fin de su razón de ser, que no es dirigir el desarrollo, sino perpetuar su monopolio sobre la miseria.
Así, los plenos provinciales no son el comienzo de nada. Son la puesta en escena de un final anunciado. Son la evidencia de que la cúpula ha elegido, conscientemente, el camino de la entropía controlada: administrar la decadencia, gestionar el desastre, mientras se protegen tras murallas de retórica y represión.
El país se hunde, pero el aparato del Partido sigue girando, produciendo informes, convocando asambleas y repartiendo carnets. Cuba no se muere por falta de ideas en estos plenos; se muere porque la única idea que impera es la de conservar el poder, aunque el precio sea la ruina de la nación. Y en ese macabro cálculo, el pueblo no es el soberano; es, una vez más, el invitado de piedra a su propio funeral.