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Por Datos Históricos
La Habana.- En 1988, un avión comercial sufrió un fallo que nadie esperaba en pleno vuelo. Un Boeing 737 perdió repentinamente la presión de la cabina cuando una parte de su fuselaje superior se desprendió a gran altura. El interior quedó expuesto al cielo y el avión comenzó a descender de forma descontrolada.
Durante trece minutos, el piloto luchó por mantener el control en condiciones extremas. Con instrumentos dañados y una estructura comprometida, logró algo que parecía imposible: aterrizar el avión de forma segura.
Casi todos los pasajeros sobrevivieron.
Solo una persona perdió la vida. Una azafata que, en ese momento, se encontraba de pie cumpliendo con su trabajo. Fue la única víctima de un incidente que pudo haber terminado de forma mucho más trágica.
El hecho de que el avión continuara volando y pudiera aterrizar con éxito convirtió el suceso en un caso extraordinario dentro de la historia de la aviación. Años después, la historia fue llevada a la televisión bajo el título “Vuelo 243: Aterrizaje de emergencia”.
No fue solo un relato sobre una falla técnica.
Fue una demostración de sangre fría, entrenamiento y resistencia humana frente a una situación límite.
Un recordatorio de que, incluso cuando todo parece perdido, a veces la pericia y la calma logran inclinar la balanza.