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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)
Miami.- La Enmienda Platt constituye uno de los episodios más controvertidos de la historia política cubana de comienzos del siglo XX y, al mismo tiempo, uno de los más manipulados por la historiografía oficial posterior.
Durante décadas se ha presentado su aprobación como un acto de traición nacional y se ha estigmatizado a los constituyentes de 1901 como figuras indignas. Sin embargo, ese juicio omite deliberadamente el contexto político, militar y geopolítico en que se produjo aquella decisión.
La historia no puede analizarse desde consignas ideológicas, sino desde la realidad concreta de los hechos.
En 1901 Cuba no era aún una república soberana. Tras la derrota de España en la guerra hispano-cubano-norteamericana, la Isla quedó bajo ocupación militar de Estados Unidos desde enero de 1899. El país emergía devastado tras más de treinta años de guerras independentistas, con su economía arruinada, sin instituciones estatales consolidadas, sin un ejército nacional organizado y con una población exhausta.
En ese contexto se convocó a una Asamblea Constituyente con el objetivo de redactar la primera Constitución de la futura República. No obstante, dicha asamblea no actuaba en condiciones de plena soberanía. Sobre ella pesaba una condición expresa impuesta por el gobernador militar estadounidense, general Leonard Wood: “Sin Enmienda, no hay evacuación.”
Este fue el dilema real que enfrentaron los constituyentes. No existía una tercera vía. O se aceptaban las condiciones impuestas por Washington, o la ocupación militar se prolongaría indefinidamente.
La cuestión, por tanto, no era simplemente aprobar o rechazar la Enmienda Platt. Lo que estaba en juego era la posibilidad misma del nacimiento de la República cubana.
La Enmienda establecía severas limitaciones a la soberanía nacional:
— Derecho de intervención de Estados Unidos en los asuntos internos de Cuba.
— Restricciones para la firma de tratados internacionales.
— Cesión de territorios para bases navales.
— Supervisión de la política financiera del nuevo Estado.
Se trataba, sin duda, de una imposición humillante y profundamente lesiva para la dignidad nacional. Una amputación jurídica de la soberanía naciente.
Pero también fue el resultado de una correlación de fuerzas absolutamente desigual entre una potencia emergente y una nación recién salida de una larga guerra.
Los debates en la Asamblea Constituyente fueron intensos. Hubo discursos encendidos, protestas formales, posiciones irreductibles y una honda conciencia del sacrificio político que se estaba imponiendo. Muchos se opusieron hasta el final. Otros comprendieron que el rechazo equivalía a prolongar la ocupación militar y retrasar indefinidamente la independencia.
Finalmente, la Enmienda fue aprobada por una estrecha mayoría.
Desde una perspectiva moral, fue una decisión dolorosa. Desde una perspectiva política, fue una decisión forzada por las circunstancias.
La alternativa no era una Cuba plenamente libre. La alternativa era la inexistencia de la República. Y la aprobación de la Enmienda permitió que el 20 de mayo de 1902 naciera oficialmente la República de Cuba: limitada, vigilada y condicionada, pero república al fin. Con bandera, gobierno propio, instituciones, parlamento y presidente.
Y, sobre todo, con un margen político para luchar posteriormente por la derogación de aquella imposición.
Esa lucha no fue estéril. En 1934, la Enmienda Platt fue finalmente abolida.
La República, con todos sus defectos estructurales, abrió el camino a la construcción de un Estado cubano moderno, con vida política, partidos, prensa, universidades, desarrollo económico, clase media y movilidad social. Nada de eso existía en 1901.
Resulta, por tanto, históricamente injusto y metodológicamente deshonesto presentar a los constituyentes como vendepatrias. Aquellos hombres no entregaron la nación: intentaron salvarla dentro de las duras realidades del poder internacional de su tiempo.
La Enmienda Platt fue una imposición. Su aprobación fue una tragedia política. Pero también fue el parto doloroso de la República. Y sin República, no habría habido nación.